La audacia Sánchez vs la de Suárez

Apunta Peridis en su viñeta diaria (decana de la prensa diaria, tan clásica como las columnas de Manolo Alcántara): “Ojo con Sánchez que es muy atrevido y empieza a parecer Suárez…” ¡Toma ya!, emparejar ambos nombres es osado, casi asombroso, tanto como para que algunos se pregunten si Peridis ha perdido el juicio.

Pero puede merecer la pena ensayar algunos paralelismos porque Suárez fue atrevido con la cuestión catalana cuando tras las elecciones del 15 junio 77 (que en Cataluña ganaron los socialistas) recibió en la Moncloa al muy poco conocido Josep Tarradellas que fungía desde el exilio como presidente de la Generalitat de Cataluña. Pocas semanas después el gobierno Suárez restituía la Generalitat, con más poder formal que real, con Tarradellas a la cabeza. Fue un golpe audaz y por sorpresa incluso para los suyos que no estaban en la pomada catalana (la mayoría).

Por detrás de la decisión de Suárez había más cálculo que improvisación; había intereses e inteligencia. Los servicios secretos habían evaluado a Tarradellas y trasladado un informe positivo a Suárez. Buena parte de la burguesía catalana apoyaba la recuperación de la Generalitat como estrategia de normalización tras el régimen franquista; la izquierda catalana (PSC y PSUC, socialistas y comunistas) no pusieron pegas a Tarradellas aunque no formaba parte de su plan; y Pujol, el más receloso, no tenía poder para confrontar al viejo exilado. El resultado de aquel apaño fue un tercio de siglo de conllevanza bajo el marco de la Constitución.

¿Cuándo se agotó el modelo? Hay distintas hipótesis pero me parece que la fecha clave es diciembre de 2003 cuando la izquierda catalana (PSC, ICV y ERC) firmaron el Pacto del Tinell (con Zapatero e Iceta en el cuarto de las decisiones) para gobernar la Generalitat, tras un cuarto de siglo de la convergencia pujolista, con un anexo que reza: los tres partidos “se comprometen a impedir la presencia del PP en el gobierno del Estado y renuncian a establecer pactos de gobierno y parlamentarios estables en las Cámaras estatales”.  Desde ese momento el consenso constitucional entró en vía muerta.

De aquello vino luego la reforma del Estatuto y sus avatares posteriores, con sucesivas Diadas inflamadas, con Artur Mas desbordado por las bases, con ERC reconstituida, con un nacionalismo independentista cada año más ventilado y con la derecha española más echada al monto utilizando la catalanofobia como argumento electoral.  Todo ello hizo crisis en forma de insurrección en septiembre de 2017 con el Parlamento y la calle como escenarios de la movilización. Y en esas estamos.

La primera fractura es la producida en Cataluña entre indepes y constitucionales, que tardó en aflorar y que hoy  tiene Cataluña partida. A esa fractura se ha añadido estos días otra no menos relevante, la de los propios indepes  fragmentados entre los unilaterales que solo piensan en la secesión a la brava y los pragmáticos que consideran que se trata de un objetivo imposible hoy, pero que precisa maduración, que es cuestión de tiempo y oportunidad.

Pedro Sánchez ha interpretado esa realidad con la lógica de la aritmética parlamentaria, que coloca a los grupos catalanes  como árbitros de la mayoría. Con esos votos Sánchez es presidente hoy y aspira a seguir en la Moncloa, aprobar los Presupuestos 2019 y agotar el mandato. Y entretanto trata de restar oxígeno a los indepes a base de dividirlos, engatusarlos y dar espacio para que emerjan sus contradicciones.

Sánchez pretende repetir, de otra manera, la apuesta de Suárez, otra generación de conllevanza con una Cataluña a la baja. A Suárez le salió, tenía más bazas y más argumentos. A Sánchez puede estallarle en la cara, su audacia es más arriesgada, tiene menos salidas, pero de momento ha salido bien librado del desafío de un Consejo de Ministros en territorio hostil. Las fuerzas ocultas del catalanismo han trabajado a fondo para evitar la confrontación y Sánchez se siente ahora más fuerte que hace una semana.