Brexit: la nebulosa de los sonámbulos

La historia no se repite aunque rima. Con esa música son frecuentes las comparaciones que tratan de explicar la actualidad recurriendo a precedentes. No hay garantía de acierto pero ayuda a entender. Últimamente es frecuente comparar la actual coyuntura con populismos, movilizaciones, polarización, protestas… con los primeros años del siglo pasado, los que abrieron la puerta a la Gran Guerra (1914-18), prólogo de la Segunda y caldo de cultivo de los totalitarismos criminales posteriores (comunismo, fascismo y nacismo). Sobre esa Gran guerra el historiador Cristopher Clark escribió hace unos años un documentadísimo libro (790 páginas y 1700 notas a pie de página) titulado “Sonámbulos: cómo Europa fue a la guerra en 1914”. La tesis de Clark es que las potencias europeas fueron a la guerra con el cálculo o la expectativa de que alguien lo impediría; no faltaban los belicosos, pero pudieron pero nadie lo evitó y todos se precipitaron al abismo, incluidos los pueblos (los ciudadanos de a pie) que abrazaron la guerra con el mismo entusiasmo con el que reclamaban la paz unos meses antes. No creo que ahora suenen tambores de guerra, pero si se puede percibir un cierto estado de “sonambulismo”, una inconsciencia que o impide actuar, moverse sin saber hacia dónde.

Lo que rodea el Brexit desde su realización el 23 de junio de 2016, con los precedentes que encabezó el primer ministro Cameron y la posterior gestión de su sucesora la señora May tienen bastante de sonambulismo hasta justificar el reciente comentario del presidente de la Comision Europea, el luxemburgués Juncker, que en la recta final de su mandato y, quizá de su vida política, suele deslizare por la sinceridad. Juncker criticó, más bien describió, la “nebulosa” en la que se mueven los británicos en la gestión del Brexit. La señora May se molestó por el comentario de Juncker, que tomó por lo personal. Tras las disculpas protocolarias todo quedó en anécdota pero la apreciación de ·nebulosa” quedó, ajustada y pertinente.

A estas alturas del año nadie tiene un pronóstico fundado sobre la evolución del Brexit. Quienes conducen la máquina no saben hacia donde van. Lo que quiere May no es lo que pretende la mayoría de su partido, y lo que propone la Unión Europea tampoco tiene otro planteamiento que respetar y lamentar la decisión británica sin dar facilidades ni poner obstáculos.

Los británicos están en el mismo punto que antes de empezar el viaje. Les gustaría irse pero no están seguros, los sentimientos van por un lado y las razón por otro; las mentiras se disculpan entre los de cada parroquia. Las alternativas son varias, en absoluto binarias, lo cual indica confusión, nebulosa.

La primera opción es darse de baja cuando cumpla el plazo y que salga el sol por Antequera. Un camino propio de sonámbulos.

La segunda es aceptar el pacto negociado por May y la unión, que es aparentar que se van sin irse de todo, pero perdiendo influencia sin recuperar soberanía. Estrategia de ganar tiempo y esperar que escampe.

La tercera es dar marcha atrás a la petición de baja. No hay quien decida algo semejante sin antes pasar por una crisis y unas elecciones con resultados imprevisibles.

La cuarta es armar otro acuerdo de última hora que no guste a nadie pero que parezca el mínimo común divisor, un apaño para ir tirando con El reino Unido fuera pero sin renuncia al acervo comunitario. El problema es cómo se hace y cómo se explica.

La quinta es otro referéndum para ratificar o enmendar o anular el anterior. Un camino que defienden los m ismos que se opusieron al primer referéndum, lo cual resta fuerza al argumento. En este caso la mancha de mora no se quita con otra mora, ya que justificaría volver a las andadas hasta el aburrimiento. Así que los sonámbulos siguen en la nebulosa en espera de que alguien les despierte y les devuelva a la claridad.

Y caben más hipótesis a poco que den barra libre a los negociadores para seguir mareando la perdiz.