Draghi: “confianza continuada y precaución creciente”

Decían que los banqueros centrales deben ser enigmáticos y anfibológicos, decir lo mismo y lo contrario, pero transmitiendo mucha seguridad para lograr credibilidad. Esa máxima falló hace años, la nueva doctrina pretende que sean previsibles, poco sorprendentes, que su credibilidad radica en hacer lo que anuncian y gestionarse con anticipación. Esa ha sido la pauta de personajes como Bernanke o Yellen, también ahora la de Powell, en la Reserva Federal. También la de Draghi, aunque el italiano ha apuntado maneras mágicas al estilo de Greenspan.

Hay pocas dudas de que Mario Draghi ha sido el europeo más influyente y decisivo de la última década; su manejo de la crisis financiera al frente del Banco Central Europeo ha sido determinante para evitar el derrumbe del euro, para suministrar liquidez al sistema financiero y al sistema de pagos europeo y para evitar el colapso de los mercados de deuda soberana.

Draghi es un banquero central con experiencia en el mundo exterior a los templos de las finanzas del Estado ya que completó una carrera académica de prestigio durante su primera década profesional (los años ochenta) y otra década en el Tesoro italiano y el Banco Mundial. Con los cincuenta cumplidos y un currículum irreprochable fichó por Goldman como banquero de negocios al frente de su división europea entre 2002 y 2006. El gobierno italiano le reclamó para encabezar el banco de Italia ese mismo año, en vísperas de una crisis financiera que casi nadie anticipó. Con uniforme de banquero central Draghi dirigió el banco de Italia entre 2006 y 2011 y ocupó asiento en el Banco Central Europeo dirigido primero por el holandés Duisenberg y el francés Trichet; el primero bajo disciplina del Bundesbank y el segundo al estilo de las elites burocráticas del Tesoro francés.

Draghi ha ofrecido otro perfil más complejo, menos burocrático que su predecesor y más independiente que el holandés; es decir un presidente con personalidad y autoridad suficiente para dejar en minoría a los ortodoxos alemanes del Bundesbank.  Al frente del BCE ha hecho lo que ha dicho a lo largo de todo el mandato que vence durante 2019 (ocho años no prorrogables). Sin duda la más importante de sus declaraciones fue la que protagonizó en Londres el 26 de julio de 2012, cuando la crisis de la deuda soberana amenazaba con arruinar el euro, algo que profetizaban no pocos economistas y analistas. Draghi dijo: “el BCE hará lo que sea necesario… y será suficiente”. Y fue suficiente. Luego vino la compra masiva de deuda (la QE, es decir litronas de liquidez) y el engorde del balance del BCE (le ha añadido 2,6 billones en cuatro años) al que puso punto final la semana pasada. Ahora viene el retorno a lo que llaman normal, es decir a una política monetaria neutral, no expansiva, que será un proceso lento que tendrá que gestionar el sucesor de Draghi, al que solo quedan unos meses de mandato.

De momento el banquero ha dejado una nueva perla interpretativa, más enigmática de las habituales. El jueves dijo sobre la economía: “confianza continuada y precaución creciente”. ¿Cómo interpretarlo?, pues vaya usted a saber; no ha dado pistas adicionales, las proporcionarán más adelante sus colegas, quizá él mismo, y desde luego los exégetas, que son legión. Puede que quiera decir que las cosas no van mal, pero que pueden ir peor. Es decir, una obviedad; pero las obviedades de Draghi son para dedicarlas varios pensamientos.

A sus 71 años el italiano ha cumplido todos sus sueños pero no creo que su carrera haya terminado, le quedan servicios por prestar al proyecto europeo, especialmente en estos tiempos tan ambiguos y enigmáticos. De momento la incógnita gira sobre el sucesor; quizá el relevo más importante de los muchos que deben producirse el próximo 2019, un año que será largo y pródigo en acontecimientos imprevisibles.