El Gobierno no tiene quien le reciba en Barcelona

No hay datos sobre la condición de jugador de ajedrez del Presidente del Gobierno o de alguno de sus estrategas de cabecera. No parece que lo sean, ni que les preocupe el cálculo de los siguientes movimientos. Puede que vayan muy apresurados, que lo urgente se imponga a lo importante, pero mueven fichas, con audacia en ocasiones, pero se les acaba la iniciativa y el recorrido al tercer movimiento; calcula mal el efecto acción-reacción, que tan bien practican los jugadores de ajedrez.

Los manuales de estrategia aconsejan tener en cuenta las consecuencias no esperadas, las respuestas no previstas tras cualquier movimiento. También recomiendan no avanzar sin estimar la respuesta del adversario y las posibilidades de afianzar posiciones e incluso de retroceder.

Esa imprevisión se ha notado con el caso del cadáver de Franco, el gobierno hizo el movimiento de la exhumación, sin estudiar los movimientos posteriores. De manera que han tenido que retorcer las leyes, presionar a los obispos más allá de lo discreto, y movilizar amistades y posibilidades para salir del embrollo. La inclinación por la propaganda y los efectos especiales, la búsqueda de la sorpresa y la audacia les ha llevado a tropiezos notables. Lograron algunos titulares inmediatos pero a renglón seguido entraron en el efecto del invierno ruso: paralización y congelación. Un ejemplo es el réquiem por el diésel, tan improvisado como poco estudiado, resuelto finalmente con un compromiso a larguísimo plazo que impide cualquier verificación del cumplimiento.

Y algo semejante ocurre con otras propuestas formuladas por el presidente, con no pocas matizaciones posteriores, y víctimas de posteriores aplazamientos y revisiones. Sirve de ejemplo el caso de los aforamientos, al que el Presidente dedicó un acto solemne con una audiencia seleccionada, para luego desinflar el globo olvidando el compromiso de los 90 días.

Una de las últimas salidas ocurrentes fue la de celebrar un consejo de ministros en Barcelona con un anticipo para sentar precedente en Sevilla. La reunión en Sevilla trascurrió con normalidad, la Junta de Andalucía fue leal y dio todas las facilidades, que eran obligadas. El caso de Barcelona es muy distinto: ninguna facilidad, ni de la Generalidad ni del Ayuntamiento. Y eso era algo previsible que el gobierno debía haber tenido muy en cuenta antes de anunciar el movimiento.

A esta fecha, una semana antes de la reunión, el Gobierno de España no tiene quien le reciba en Barcelona, además de la Delegada del propio Gobierno. Para buscar sala tiene que recurrir a una entidad civil como la Cámara de Comercio y Lonja del Mar; ¿es que no hay sedes oficiales del Estado a las que recurrir?, ¿no debería ser la misma sede del gobierno catalán el espacio natural para la reunión del Consejo de Ministros? Solo falta recurrir a un buen hotel o a la sala de autoridades del aeropuerto del Prat que gestiona AENA, una empresa pública que depende de Fomento?.

A la fecha lo relevante del desplazamiento está en la confrontación con los Comités de Defensa de la República que actual a modo de somatén y al margen del estado y de la ley. Alguno puede pensar en la malicia de que el Gobierno busca una confrontación violenta para justificar actuaciones posteriores. No creo que sea esa la explicación correcta, más bien cabe pensar en deficiencias estratégicas, déficit de cálculo y poco juicio. Parecía brillante lo que llevar a los ministros a Barcelona, garantizaba titulares e iniciativa aparente. Y ahora todos hacen votos para que el consejo de celebre su reunión y punto, que vuelvan todos a salvo, que no se produzcan incidentes y que no haya nada que lamentar. De momento lo que parece evidente es que el Gobierno no tiene quien le reciba en Barcelona.