¡Es la natalidad estúpidos...!

El lucro cesante, la pérdida de energía y de iniciativa que arrastra el proces catalán es imposible de calcular; al margen del coste en sí mismo, que no es poco, está lo que el propio debate resta de dedicación a otras cuestiones prioritarias, por ejemplo a la cuestión demográfica a la competitividad, la investigación, la educación… Estos días la agenda catalana ocupa buena parte de los noticiarios, tanto como la confusa evolución del Brexit que condiciona el futuro de todos los europeos en un juego perdedor-perdedor que solo resta oportunidades y potencial.

Esta semana el INE ha publicado los datos de Movimiento Natural de la Población (natalidad, mortalidad y matrimonios) del primer semestre del año, todos con sesgo claramente negativo y con una tendencia que está lejos de encontrar su suelo y el punto de recuperación.

Algunos titulares han destacado que los 180.000 nacimientos de los seis primeros meses del año es la cifra más baja desde el año 1941 (entonces la población residente andaba por 26 millones frente a los 46 actuales). No es correcto el dato, ya que la serie publicada viene desde ese año, y tendríamos que retroceder algunas décadas para encontrar un número absoluto equivalente.

El cruce en el saldo de evolución natural (nacimientos menos defunciones) se produjo el año 2014 y desde entonces solo ha hecho que crecer, hasta -46.590 personas este primer semestre de 2018. La población decrece a pesar de que el segmento de inmigrantes establecidos en España (del orden de seis millones) mantiene cotas altas de natalidad que mitigan el gap que se ensancha en el grupo de los nacionales tradicionales.

Los estudios demográficos advierten que la tasa de fecundidad de 1.3 nacidos por mujer es la más baja del mundo con un elemento negativo adicional: no responde a la voluntad de las madres (y de los padres) que en una mayoría relevante quisieran tener más hijos pero no se atreven por razones, en la mayor parte de los casos, económicas y sociales. La sociedad, con los gobiernos en primer plano de responsabilidad, respecto a la natalidad solo tienen discursos tópicos e inútiles, pero carecen de voluntad política para implantar políticas natalistas que son habituales en todos los países europeos, de Francia a Grecia, de Portugal a Suecia. El debate nacional estos días debería ser el de la declinante natalidad y la forma de rectificar la tendencia. No es un problema insoluble o sobre el que no se conocen políticas correctivas. Se conocen, son bastante sencillas de aplicar, pero sus resultados son a medio plazo y eso no interesa a esta clase política coyuntural y oportunista que estudia poco, piensa menos y no resuelve.

Algunos advierten del invierno o infierno demográfico, es un titular efectista que requiere muchos matices y notas a pie de página. Pero al margen de los calificativos lo obvio es que con una natalidad tan baja es imposible confiar en un futuro próspero. El problema no se resuelve con más inmigrantes (que son necesarios por múltiples razones), la raíz es más profunda, tiene que ver con la confianza y la esperanza, con las expectativas de las personas y las familias. El foco está en el Cataluña y el Brexit, ambos son problemas fabricados, cuando lo serio está en la natalidad, en la desigualdad, en la educación… cuestiones que son demasiado exigentes, que se aplazan.