Sánchez, 60.000 kilómetros ¿para qué?

Sánchez

No hay semana sin que el presidente Sánchez tome un avión para un viaje de estado; para dibujar una política exterior propia, la de un presidente accidental que habla inglés y que desde primera hora colocó entre sus prioridades la política internacional, quizá para marcar distancia con los otros presidentes que para organizar su agenda exterior necesitaron primero aterrizar en la interior y aprenderse los dosieres.

Esa estrategia parecía indicar que Pedro Sánchez llegaba a la presidencia con esos dosieres asimilados, con ideas propias para la política exterior. La realidad es que no hay verificación de que así sea; ni precedentes ni hechos. Es cierto que Sánchez había participado en  misiones internacionales cuando inició su vida profesional pero ayudante no cualificado, por el mérito del carnet del partido o de relaciones personales previas.

El currículum académico de Sánchez sin ser anémico es mediocre, sin ninguna significación en materia internacional; de hecho su tesis doctoral (un apaño) aunque versa sobre “diplomacia económico-empresarial” no indica que la materia forme parte del capital académico-político del doctor Sánchez.

Los otros presidentes se asomaron a la política exterior con más o menos acierto y diligencia tras el primer mandato, cuando ya conocían a los personajes y habían trenzado lazos y estrategia. Suárez carecía de precedentes pero se espabiló cuando tuvo algo que ensañar (la transición) y supo desplegar el encanto que le caracterizaba. Leopoldo Calvo Sotelo tenía idiomas e ideas básicas sobre política exterior y lo acreditó con la apuesta atlántica y la europea. Felipe González llegó aprendido por su  buen desempeño en la Internacional Socialista y su propio encanto para ser alguien en las reuniones. Aznar llegó mu pez, con muchas carencias, pero se esmeró y trazó una estrategia (polémica) pero decidida y con resultados efectivos, unas veces para bien y otras no tanto.

Zapatero y Rajoy fueron dos nulidades que arruinaron el trabajo de Felipe y de Aznar; ni les gustaba viajar, ni acertaron a ser alguien en las cumbres, ni tejieron relaciones personales. La mejor prueba es que en su etapa de expresidentes Zapatero alcanza a ser alguien como peón del chavismo y Rajoy se ha instalado en el despacho de registrador, ausente de cualquier actividad internacional. Ni siquiera en Europa tras ocho años de presencia en el Consejo Europeo.

Sánchez decidió desde primera hora ser distinto, o aparentar distinto. Estimó con su equipo de efectos especiales que lo internacional debía ser uno de sus puntos fuertes e interpretó que para eso había que subirse al avión y hacer millas, incluso compitiendo con el Jefe del Estado, el rey Felipe VI que desde que nació mamó la política exterior en casa y durante su larga preparación. Sánchez en vez de apoyarse en el Rey, se superpone, se anticipa y resta en vez de sumar.

La pregunta a estas alturas, tras cinco meses de ejercicio y más de una docena de visitas a otros tantos países como jefe de gobierno no puede ser otra que: ¿con que resultados? ¿Qué han aportado esos 60.000 kilómetros recorridos? Y la respuesta resulta clamorosa en silencios. En Europa no se le ha notado, salvo por el fuego artificial del Aquarius muy efectista al principio y complicado en segunda ronda.  En América sigue estando en observación, con manifiestas ambigüedades que puede empezar a despejar en Cuba, aunque no sea seguro, solo probable. Puede cumplirse con Sánchez aquella maldición del que sabiendo idiomas, tiene el problema de enseñar las carencias en varias lenguas.

Es demasiado pronto para las conclusiones, puede que estemos ante un futuro líder internacional; tiempo al tiempo, pero la tendencia no parece favorable, muchos kilómetros pero pocas nueces.

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