La deconstrucción de la rebelión

Jordis

Si fue rebelión, o sedición o desobediencia, o algaradas o gestos simbólicos o un simple farol… lo decidirán los Tribunales, primero el Supremo y más tarde el Tribunal Europeo al que, muy probablemente, llegará el caso, aunque llevará tiempo. El Supremo está emplazado para fallar antes del verano, aunque hay muchas probabilidades de que ese plazo se superará bien porque el juicio con tres centenares de testigos y no pocas pruebas adicionales se tomará su tiempo, mucho más del previsto. Y por el medio varias elecciones y no pocas incidencias políticas entre “indepes hiperventilados”, “indepes moderados”, posibilitas, autonomistas, constitucionalistas…

De momento se percibe una corriente intermedia determinada a abrir ventanas y crear espacios para el entendimiento, para jalonar una estrategia de negociación. En eso confía Sánchez y los sectores del PSOE (es decir el PSC) diferenciándose claramente de sus principales adversarios políticos, del PP y de Ciudadanos.

Para esa tendencia el objetivo más inmediato tiene dos ejes: primero mantener una negociación abierta entre el gobierno español y el catalán para distender, para atraer un porcentaje apreciable de catalanes que están votando soberanismo por solidaridad o por otras razones más complejas de entender y de explicar. Para ese camino confían en la intransigencia de del “hiperventilados” que, antes o después, espantará a los moderados, a los del “seny”.

El segundo objetivo, no menos importante que el primero, es debilitar, difuminar, “deconstruir” el concepto y la figura de la rebelión, la acusación mayor que pende sobre la cabeza y la vida de los… ¿cómo llamarles?... quizá sirva “sediciosos”. Para “deconstruir” la rebelión han surgido inspiradores de postín, desde el propio Felipe González que nunca compartió la acusación de rebelión, hasta un jurista como Pascual Sala. Pasar de la “rebelión” a la “sedición” supone rebajar un grado penal, pero sospecho que eso no va a calmar a casi nadie. Los indepes quieren más, van a reclamar más, entre otras razones porque ello forma parte de su sentido de la vida, de su vivencia de ellos mismos, incluida esa superioridad moral que no aceptan pero que exudan en sus afirmaciones.

Para “deconstruir” la rebelión una primera línea argumental es la comparación; y la más a mano es el 23F, Tejero y Milán del Bosh y sus respectivas condenas en los malhadados juicios de 1983. Empiezan a menudear artículos con firmas reconocidas que traen al caso a los militares golpistas. Juan Tapia incluso ha refrescado el caso Dreyfus para trasladarlo al proces catalán, con argumentación que me parece algo extravagante.

A los partidarios de la deconstrucción les vendría bien ayuda desde los “indepes”, una ayuda en forma de atrición” (pesar por la ofensa por temor a las consecuencias), pero también de “contrición” (arrepentimiento por la culpa cometida). El escenario del juicio puede ser el adecuado para expresar esos sentimientos en sede judicial abriendo así algunas posibilidades a oportunidades  judiciales y políticas.

Al margen de declaraciones públicas, y del ruido ambiente, hay espacios por debajo y por arriba  para hacer posible lo que parece imposible, es decir para alcanzar otro consenso como el que hizo posible la Constitución. Pero hoy eso parece muy improbable por déficit de inteligencia emocional y realismo político. El discurso “indepe” parece inasequible. Por ahora.  El apaciguamiento está condenado al fracaso, y el irredentismo, también.

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