El Vaticano y el gobierno socialistas, ¿hay bronca?

Tras 22 años de gobiernos socialistas (seis legislaturas) con tres presidentes de muy distinto talante y antecedentes, las relaciones hispano vaticanas (Estado Español – Iglesia Católica) siguen bajo el mismo marco en el que las dejó el primer gobierno de la democracia con un democristiano como Marcelino Oreja en Exteriores y un católico sin militancia confesional como Suárez en la Presidencia. Nada ha cambiado, la Iglesia Católica ha consolidado la posición preferente que le otorgó el artículo 16 de la Constitución el año 1978 concretada con los cuatro Acuerdos firmados en Roma el 3 de enero de 10979, una semana después de la entrada en vigor de la Constitución.

Periódicamente se ha suscitado la obsolescencia de esos cuatro Acuerdos (jurídico, económico, cultural-enseñanza y sobre el clero en las Fuerzas Armadas) incluida su dudosa constitucionalidad. Pero nunca llegó el momento oportuno para abordar el problema. Unas veces por complicidad y otras por enfrentamiento (que de todo ha habido a lo largo de los cuarenta años de democracia) entre gobierno e Iglesia, ambas partes han preferido ir tirando rehuyendo cualquier revisión de los Acuerdos. Los gobiernos socialistas tuvieron muy en cuenta el aviso de Franco: “la carne de obispo es muy indigesta” y en vez de recortar ampliaron algunos privilegios en determinados momentos.

El Gobierno actual, caracterizado por la improvisación y lo coyuntural, ha tropezado con la Iglesia de forma tangencial, por el asunto de la tumba de Franco y empieza a sentir “indigestión” antes de probar bocado. Hace unas pocas semanas en el debate organizado por la Fundación Pablo VI-CEU el cardenal Fernando Sebastián (emérito e informal portavoz del episcopado y del propio Papa Francisco) confrontó con la presidenta del Consejo de Estado, Maria Teresa Fernández de la Vega, sobre el marco de la relación constitucional actual Iglesia-Estado, a los cuarenta años de vigencia de la Constitución.

Ninguno de ellos representaba nada más, ni nada menos, que su propia personalidad, pero de ambas exposiciones se pudo deducir que había un nuevo marco de referencias. La Iglesia (el cardenal) exhibió ramo de paz, de diálogo y de respeto al Estado y la ex vicepresidenta socialista exhibió lecturas y citas para colocar en su sitio a Iglesia y Estado con respeto mutuo y plena autonomía. De paso, leal a su militancia feminista, advirtió a los obispos de sus propios problemas con la mujer y otros temas polémicos. Todo fue educado y formal pero con mensajes de fondo que necesitan descifrado por parte de los especialistas. Me sorprendió el escaso eco del debate, en el que no sobró (ni faltó) ninguna palabra, que me pareció que llevaba mensajes y estrategias de fondo.

Estimé que el debate revelaba inquietud e incertidumbre en el episcopado por lo que el gobierno pudiera plantear en un futuro más o menos cercano. De entonces acá nada ha ocurrido salvo el efecto colateral de la gestión del traslado de los restos de Franco. Y en paralelo la emergencia de la pederastia que tanto perturba al Vaticano y la polémica de las inmatriculaciones de bienes públicos autoasignados a diócesis y congregaciones.

Lo de Franco se ha convertido (sin que la Iglesia tenga nada que ver aunque esté concernida) en asunto urgente para las relaciones Iglesia Estado por la imprudencia o imprevisión del Gobierno en la gestión de este asunto. De manera que ni corta no perezosa, con escaso bagaje y menos experiencia, la vicepresidenta Calvo pidió cita en el Vaticano para abrir agendas y buscar solución al enterramiento de Franco. Tan poco bagaje llevó a Roma (en ausencia de embajador, recién cesado) que la interpretación que ha hecho la vicepresidenta de la reunión con el secretario   de Estado vaticano, Pietro Parolin, ha merecido una insólita rectificación de Roma.

Lo más inquietante del incidente es la torpeza de la vicepresidenta, aunque quizá se trate de una estrategia política oblicua de confrontación, crear un problema para armar una bronca en busca de hipotéticos réditos electorales. Donde no había un conflicto se puede crear otro de múltiples facetas y desarrollo imprevisible.  O quizá es que les gusta la camorra.