Merkel y el abismo del cuarto mandato

Las democracias maduras soportan mal las reelecciones sucesivas, un privilegio, el del mandato prolongado, para modelos políticos más simples, con poderes concentrados y escrutinios públicos de baja intensidad. La Constitución norteamericana introdujo el año 1947 su Enmienda nº 22 que limitó a dos (ocho años) los mandatos presidenciales en favor de la misma persona. Salía al paso esta enmienda del largo período presidencial de Franklin D. Roosevelt que ganó de calle las cuatro campañas que van de 1932  1944 (con la Gran depresión y las II Guerra Mundial por medio).

Otras constituciones han imitado a la norteamericana limitando los mandatos a uno sólo (México, seis años) y a dos mandatos; y no faltan casos en los que el elegido ha desbordado la propia Constitución para alargar el mandato (caso Chávez en Venezuela).

En España Aznar se sometió por propia voluntad a esa limitación que anunció desde que llegó al cargo y cumplió aunque no tenía ninguna obligación legal. En Europa son pocos los presidentes que han superado el doble mandato y cuantos lo han hecho ha sido para ensombrecer el legado. Fue el caso de Felipe González al que le sobró la última legislatura (la de 1993) que supuso una agonía para él, para el PSOE y para España.  Y algo parecido le pasó a su colega y amigo (aunque de diferente militancia) Helmut Kohl, al que también le sobró el último mandato.

Se repite la fatalidad con la canciller Merkel que ganó con dificultad la última campaña electoral que prometía convertirla en una leyenda equivalente a la de su antecesor Adenauer, padre de la Republica Federal y de la Constitución de Bonn. Esta semana Merkel ha anunciado algo que estaba descontado, que renuncia al liderazgo del partido (a partir de diciembre) y que no volverá a presentarse a las elecciones cuando cumpla la legislatura, hecho que puede ocurrir ante de concluir el mandato a la vista de la debilidad  de la coalición de gobierno.

El cuarto mandato suele ser agónico, algo así como querer y no poder; afrontar los problemas que no se resolvieron antes y no se van a resolver. El electorado reclama resultados, y cada mandato es un “ocho mil” con expectayti9vas que suelen quedar por encima de la realidad. Merkel ha sido una canciller con una brillante hoja de servicios, a Alemania y a Europa; pero cuatro mandatos están por encima de lo razonable, requieren una resistencia extraordinaria.

El problema de los mandatos alargados es la salida, a quién y cómo ceder el poder y la herencia; el mismo día que Merkel anuncia su retirada en plazo han surgido los candidatos a la sucesión más o menos cercanos a la canciller y más bien decididos a tomar distancia de su legado. A los presidentes norteamericanos que logran la reelección se les considera “patos cojos” en la recta final de su mandato,  cuando solo pueden preocuparse por el legado. Eso mismo le va a pasar a Merkel, “pato cojo” desde esta misma semana. Irse es tan difícil o más que llegar; pocos saben irse, pocos perciben a tiempo cuando son animales en extinción. Por eso la limitación de mandatos en las cúpulas políticas suele ser un buen remedio para evitar el estancamiento, la agonía del punto final. No es probable que Merkel agote la legislatura (2021), los “patos cojos” suelen tener poco recorrido. En su caso será una mala noticia más, para la construcción europea.