Reconocida una mafia policial, ¿cómo sigue el caso?

La comparecencia de la ministra de Justicia en la comisión correspondiente del Congreso arrastra mucho enredo, varios asuntos turbios activados por cada uno de los grupos parlamentarios a su conveniencia e interés. El tema central de la comparecencia era la propia ministra y sus amistades peligrosas del pasado, con traiciones internas, grabaciones subrepticias nada ejemplares. La ministra optó por dar un paso adelante y defenderse atacando, devaluar el valor de las grabaciones   y colocarse como víctima de un chantaje, instrumentado por un chantajista (el ex comisario Villarejo) y aventada por la oposición de la derecha y la extrema derecha sin mayores precisiones.

El relato de la ministra tiene agujeros de  concepto, la sospecha del chantaje necesita más precisiones, algunas pruebas más allá de lo verosímil o de lo deducible: ¿de qué tenor es ese chantaje?, ¿quiénes lo sostienen y proponen?, ¿en qué medida hay complicidades políticas?.

La acusación es lo suficientemente seria, máxime si viene de una fiscal profesional con  tres décadas de experiencia en materias muy sensibles, como para que hubiera entrado a fondo y con expedientes abiertos en sede judicial. No se puede pasar de puntillas por un asunto tan grave como un “chantaje al gobierno, al Estado.

Lo que se ofició en el Congreso en la comparecencia de la ministra es que existen cloacas en el Estado, que no solo tratan de servir al Estado (lo cual podría tener atenuantes), con más o menos eficacia y eficiencia sino que también se sirven del Estado para sus propios intereses de parte. Y esta segunda dimensión, que no es nueva, de la que se ha hablado desde hace muchos años y de varios gobiernos de distinto signo, no puede, o no debería, pasar como asunto de trámite, como argumento para que la oposición sacuda al gobierno y el gobierno atice a la oposición.

La ministra, para defenderse, atacó al gobierno anterior, muy especialmente al ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, presentado como consentidor o cómplice de los policías mafiosos.  La portavoz del PP evitó la menor referencia a esta acusación, o referencia, de la intervención de la ministra.

Claro que ésta tampoco desveló las medidas que ya ha tomado para perseguir a los chantajistas, a la llamada mafia policial, para defender al Estado y para limpiar la sentina. Se entretuvo con muchos minutos dedicados a la autoestima y a la defensa de su persona y trayectoria, y del gobierno Sánchez. Pero no es esa la materia puesta a debate. La ministra pudiera ser la fiscal más brillante y ejemplar de la historia, pero no es eso lo que ahora preocupa. Son otros los hechos, los datos y las sospechas. El victimismo de la ministra suena más a excusas escapistas que a argumentos propios de una ministra con “autoritas”. El resultado final de la comparecencia es que lo que olía mal antes de la misma ahora huele peor.