Conmemorar fracasos y marear la perdiz

Los independentistas del “proces” festejan estos días el primer aniversario de sus hazañas recientes, de aquellos días en los que prometieron que llegaban a Ítaca, a la República soñada, pero que la realidad desmintió. Una vez más fallaron el cálculo, la intentona quedó en fracaso, como en 1936, en 1934, en 1931... Y como la pareja pillada in fraganti  optaron por negar la evidencia, para intentar quedar exonerados.

Reconocer fracasos, y más aún, reconocer errores, no es plato de gusto, así que no es infrecuente buscar salida mediante excusas y negación de la realidad. Los dirigentes del proceso (no todos) han decidido que no han hecho más que empezar, que lo que no fue posible hace un año pudiera serlo más tarde por un golpe de suerte o por fatalidad. Salieron bastante indemnes de la intervención por el 155, de hecho no han perdido ninguna de las palancas del motor del “proces”, aunque sufren el peso de la aplicación de la ley por un poder judicial que, paso a paso, instruye una causa que establecerá la verdad judicial sobre hechos de hace un año. Una realidad que tendrá consecuencias.

Hay quien pretende que existe una realidad judicial y otra política; pero hay una sola realidad con distintos itinerarios y consecuencias. La rebelión contra la II República durante los años treinta concluyo con una condena severa y un indulto posterior. Los dirigentes del “proces”, por lo que vamos sabiendo, imaginaron que podían llegar a Ítaca con mucha suerte o que en caso contrario el intento se saldaría con alguna sanción menor que serviría para azuzar el victimismo y volver a empezar.

El problema ahora, un año después de lo que se planteó como recta final, tras una década de preparación, es que aflora la decepción a ambos lados del bloque “indepe”: el de los llamados hiperventilados que se consideran traicionados por la falta de determinación de los dirigentes; y en el de los conversos recientes  se nota fatiga, unos costes imprevistos difíciles de asumir. En el bloque histórico también se evidencia la fragmentación entre  ERC y el nuevo PdCat que imaginan el futuro de muy distinta manera y que tratan de proteger el poder conquistado. Y al fondo los extremistas de las CUP que pueden dar una patada al tablero en cualquier momento.

A la fecha se puede certificar que el “proces” ha fracasado y que lo que falta ahora es extender el correspondiente certificado de punto final y la hoja de ruta de cómo sigue el proceso, cuándo y cómo  reiniciar el  viaje a Ítaca que les parece irrenunciable. Los más optimistas calculan que tras las condenas del Supremo podrán engordar la base “indepe”, lo cual es tan probable como todo lo contrario; los fracasos producen fatiga de materiales. Y tanto de un gobierno de izquierda (Sánchez) como de otro de derechas (Rivera o Casado) los “indepes” solo pueden esperar un rechazo, más o menos explícito e intenso.

Renace ahora la alternativa canadiense, el caso Quebec, cuya lectura por parte de Sánchez y de Torra es bastante voluntariosa y sesgada. La Ley de Claridad canadiense lo que hizo fue enterrar el secesionismo, que hoy es allí una planta invernada y quizá muerta. A medida que la conciencia del fracaso se imponga en Cataluña empezarán a abrirse ventanas de salida, al menos para una generación.