Sánchez cambia la agenda y toma la iniciativa

Dicen que la pasada fue la peor semana para Pedro Sánchez desde que se instaló en la Moncloa cien días atrás. Durante ese período lo mejor ha sido el disfrute de una de las mejores residencias de Madrid: palacio, jardines, esmerado servicio y esa paz que impera en la finca y que justifica que el inquilino trate de prolongar el contrato todo lo que pueda. El resto ha sido menos grato.

A lo largo del fin de semana los estrategas de la Moncloa han analizado oportunidades tras los disgustos acumulados y diseñado una ofensiva fulgurante que pasa por la imagen y por la agenda. Para la primera sirvió la entrevista del domingo con Ana Pastor. La periodista hizo su trabajo, preguntó y repreguntó a su manera y el presidente desplegó sonrisas, palabras, y serenidad: el mensaje de fondo era “calma, mucha calma y grandes dosis de serenidad”. Sánchez es el presidente y por si acaso lo repitió cada minuto de la entrevista. El sillón utilizado en el excelente plató preparado para la entrevista se le quedó al presidente corto y estrecho, pero eso mismo le dio esa tensión incómoda que, bien manejada, trasmite empatía. La entrevista captó un 11% de audiencia (frente al 18% de las alternativas entretenidas de la 1 y la 5) que está más bien que mal, que advierte que el presidente no atrae al gran público, pero tampoco espanta. El contenido de la entrevista está suficientemente analizado en todos los medios, como añadido solo sugiero que me asombra la poca sustancia del pensamiento económico del Presidente, surfea los temas con tópicos inanes impropios de alguien que domine los asuntos. Sabe muy poco de fiscalidad y casi nada de laboral. Pero eso puede no ser importante si acierta a liderar a los que saben.

Pero además de “serenidad” el Presidente quiere ganar “iniciativa”, la que tuvo cuando compuso el “gobierno bonito” para ir perdiéndola con el paso de los días y de las rectificaciones tras pisar charcos que pudo evitar. Que quiera marcar y dominar la agenda es lógico. Otra cuestión es que lo logre  más allá de los primeros movimientos sorpresa que pueden ser improvisaciones u ocurrencias que se desvanecen a medida que empiezan los detalles.

Y para esa agenda de iniciativas eligió una reforma constitucional que es un artefacto de mayor cuantía, con la que desafía a los adversarios, especialmente al Partido Popular y a Casado, que tiene caso en el Supremo por aforado. Sánchez no ha concretado el alcance de la reforma, lo cual impide concluir si es un asunto serio, de alcance, o mera cohetería. Parece que girará sobre el artículo 71 de la Constitución que establece la inviolabilidad de los parlamentarios y su sometimiento al Supremo (previa autorización de la Cámara). Se trataría, por tanto, de otra redacción de los tres primeros párrafos de ese artículo o de su eliminación. No creo que meta en el paquete el primer punto del 102 referido Gobierno y a otros aspectos y alcance del aforamiento. De manera que sin saber el detalle hay que evitar conclusiones apresuradas.

Para este viaje tiene la experiencia e Zapatero que reformó el artículo 135 de la CE para reforzar y concretar la “estabilidad presupuestaria”, la llamada “regla de oro” para la deuda y el déficit. Una reforma exprés, muy mal explicada, con la que el gobierno trató (con éxito) de calmar a los mercados y a los acreedores internacionales inquietos por la crisis de la deuda soberana. Para esa operación Zapatero empezó por asegurarse la votación con un acuerdo con el Partido Popular, con Rajoy, que garantizaba los votos que exige el artículo 167 de la Constitución: mayoría de 3/5 en ambas cámaras y, en su caso (si lo piden el 10% de los diputados o senadores) un referéndum. Zapatero hizo la reforma aunque cosechó críticas posteriores.

Con ese precedente Sánchez repite la jugada pero con una variante esencial: no viene con mayoría garantizada y los demás grupos le exigirán añadidos probablemente inasumibles por arriesgados. La diferencia es que Zapatero necesitaba la reforma del 135 para ganar margen frente a unos mercados muy hostiles, mientras que Sánchez ya ha ganado todo lo que busca sin necesidad de que la reforma salga adelante. Sin el PP es imposible, pero, quizá, lo que busca Sánchez es cargarle el coste al partido de Casado, aparentar perfil reformista y endosar el coste de no materializarla a la oposición. En resumen tácticas ruidosas para ir perfilando una campaña electoral dura y, probablemente, sucia. Esta semana la iniciativa la lleva  Sánchez… la próxima ya veremos.