X años después de Lehman, más deuda

Esta semana cumplen diez años del derrumbe de Lehman Brothers que el relato oficial de la crisis sitúa como epicentro de la misma. Un relato que trata de concluir que todo viene de unos banqueros codiciosos y granujas y de unos poderes políticos sometidos y cómplices; argumento que se completa con algunas frases concluyentes del tipo “la crisis la han pagado los trabajadores” “se recataron los bancos y no las personas”… que son brillantes y movilizadoras pero que no contribuyen a explicar, ni tampoco a superar.

Es obvio que el mundo en su conjunto es más inseguro, más desigual y más inquietante que antes de la crisis. Pero de eso a concluir que todo estalló por la quiebra de esos bancos de negocios como Lehman hay mucha distancia. El derrumbe de Lehman ocurrido durante el fin de semana del 13 y 14 se septiembre de 2008 tuvo unos cuantos actores principales encabezados por el presidente del banco, el antipático Dick Fuld (alias el Gorila), uno de los personajes más odiados de Wall Street que contribuyó al desastre y, sobre todo, a hacer imposible una solución negociada para evitar la quiebra cuando Barclays y Nomura estaban dispuestos a hacerse cargo de Lehman. La obstinación de Fuld y la desconfianza entre las autoridades norteamericanas, británicas y japoneses hicieron imposible salvar Lehman.  

¿Qué hubiera pasado si Lehman no hubiera quebrado?  Quizá la Recesión hubiera llegado igual pero el relato sería distinto. Si Lehman era un agujero negro, más lo eran la aseguradora AIG y las hipotecarias semipúblicas Fannie Mac y Freddie Mac que atesoraban en sus balances toda la mierda financiera generada durante la década anterior por acumulación de irresponsabilidades (también fraudes y trampas) de varios actores: los prestamistas, los prestatarios, los intermediarios financieros, los calificadores y los reguladores y supervisores. En resumen, muchos actores como para sustentar tesis simples sobre la crisis.

El nombre crítico de la situación no es Lehman, ni Bush, ni AIG; ni la FED, ni el Tesoro… la palabra clave es “deuda desmedida”, entonces exceso de deuda, especialmente deuda privada de particulares y de entidades financieras y mercantiles. Una deuda estimulada por las autoridades monetarias con la complicidad de los gobiernos e, inevitablemente, de unos deudores imprudentes.

Diez años después todos los actores de la crisis han aprendido algo, pero la cuestión crítica: la deuda, sigue donde estaba, en la misma cota; y por la tanto supone una amenaza potencial para el futuro. Es cierto que las entidades financieras están mejor equipadas que hace diez años, también los supervisores… pero todo está sustentado en las montañas de liquidez aportadas por los bancos centrales que tienen que ir drenando con cautela para no volver al desastre. Los Estados han relevado a los privados (familias y empresas) en la lista de deudores, lo cual coloca los riesgos en otro plano, menos amenazante pero también peligroso.  

Diez años después se habla muy poco del “riesgo de la deuda”, de las limitaciones que impone, del egoísmo que implica cuando excede determinado límite…  incluso algún descerebrado sostiene que la deuda pública no es problema, porque los Estados no quiebran y los medios lo publican como si fuera una opinión respetable.