La agonía del Papa Francisco: soportar o cambiar

Dicen que Benedicto XVI abdicó porque no se sintió capaz de gobernar la Iglesia, de tomar las decisiones que la razón y el corazón le mandaban. Y que por eso la elección rápida del cardenal Bergoglio, el Papa Francisco, estaba determinada, era el capacitado del colegio para gobernar, para decidir. Dos asuntos eran los urgentes: el cerrado poder de la Curia, con las finanzas en primer plano, y los abusos sexuales históricos, que aparecían por todo el mundo cada poco.

Y el nuevo Papa se puso a la tarea desde primera hora, con el ejemplo, tomando distancia de la Curia y abriendo los expedientes para pedir disculpas, perdón, hasta superar la crisis. Retiró a sacerdotes incriminados, hasta obispos y cardenales, incluidos encubridores, se acercó a las víctimas (no sin contratiempos)… pero tras cinco años de papado, de gobierno, ambos desafíos siguen abiertos, la Iglesia sigue en el laberinto. Solo el capítulo de las finanzas ha entrado en vía controlada una vez que el banco del Vaticano se ha sometido a las reglas del juego del sistema y ha mitigado su fuero, que propiciaba el desafuero. El poder de la Curia con sus intrigas y abusos ha remitido, pero queda mucho por recorrer, incluida la revisión de la sobrecargada liturgia a la que hace unos días se refería el padre Luis Lezama en una entrevista publicada ehace unos días en La Vanguardia.

En lo que no hay avance, todo lo contrario, es el ámbito del abuso sexual con la pederastia en el centro del caso. El escándalo de Pensilvania (tras dos años de investigación de un Gran jurado) devuelve el problema a la casilla inicial cuando el foco estaba en Irlanda. Y nada apunta a que sean casos aislados, del caso chileno al norteamericano y pronto aparecerán nuevos casos ocultados durante décadas pero que emergerán a medida que la gente pierda el miedo, la vergüenza y se sienta llamado a declarar, a exigir responsabilidad a reclamar.

Pedir perdón en público, crear comisiones para gestionar el problema, escribir cartas… son alternativas superadas; la generalización de los casos obliga a ir al fondo del problema: ¿son los sacerdotes católicos más pervertidos que la media de las personas? No es posible sostener esa tesis como excusa, la Iglesia católica, especialmente la jerarquía, tiene un problema con la sexualidad y con las mujeres.

El papel que la Iglesia católica otorga a la mujer (también otras religiones) está fuera del tiempo, de los valores del siglo XXI. Y otro tanto con la sexualidad, un tabú para la doctrina y el magisterio de los obispos, víctimas  de sus prejuicios históricos y de una formación extravagante y anquilosada.

El Papa Francisco fue elegido para gobernar, para poner al día la Iglesia. Y esa tarea pasa por dos decisiones críticas, históricas, por dos procesos de normalización que escandalizarán a algunos (muchos) pero son inexcusables para estar en el siglo. Integrar a las mujeres como iguales y abatir las telarañas sobre la sexualidad son la única respuesta eficaz y sanadora sobre los abusos y pecados del pasado. No hay otra alternativa. Avanzar en ese camino sería sanador para la Iglesia y relevante para el progreso de una sociedad  más igual y más libre. Ese es el desafío para un Francisco que titubea, que empieza a sentir, como su predecesor, el peso de la responsabilidad de reformar, de cambiar, de ponerse en los tiempos, con lo esencial del evangelio en la mano. El paso dado respecto a la pena de muerte en el Catecismo apunta el camino. Soportar, conllevar los problemas, no les resuelve.