El Rey, la agonía de Torra y el “accidentalismo” de Sánchez

La visita del Rey a Barcelona para participar en el homenaje a las víctimas del terrorismo del 17ª suponía una prueba, una reválida para los tres dirigentes institucionales presentes. El propio Rey y los presidentes Sánchez y Torra. El Rey se comportó como estaba previsto, acorde con su propia educación. Ejerció con mesura y seguridad el poder de representación que la Constitución le otorga. No estaba en primer plano pero su persona era el primer plano, al que le presentaban y el que saludaba por propia iniciativa. Era el centro, lo cual significa… lo que significa.

El caso de Sánchez es interesante, se le nota falta de entrenamiento o de práctico, tiene un caminar inseguro y, pese a sus 190 centímetros a veces parece que no está. La jornada le ha salido bien, fundamentalmente porque no ha salido mal. Ha mantenido control sobre el gobierno de la Generalitat  que ha ocupado el puesto institucional que le otorga el protocolo del Estado y sus gestos de protesta, al menos durante el acto formal, han sido casi irrelevantes, no han pasado de los lazos, los despistes calculados a la hora de recibir y despedir o el protagonismo a personas como la esposa del exconsejero Font. Todo ello gestionado con naturalidad por el Rey.

La relación histórica de los socialistas con los reyes de España, desde Alfonso XII a Felipe VI es más que interesante. La ha estudiado con precisión el historiador Juan Francisco Fuentes (“Con el rey y contra el rey: los socialistas y la monarquía” 2016) y, en su día tendrá que añadir el capítulo del momento actual, la relación de Pedro Sánchez con Felipe VI, marcadamente “accidentalista” por lo que vamos viendo pero que puede concluir a favor o en contra… según convenga. De momento nada tiene que agradecer el Rey al presidente de Gobierno, lo cual puede ser más interesante para el primero que para el segundo.

Para Torra la situación ha debido ser más angustiosa, estaba allí (presente y cuartel) aunque su comprometido con la parroquia que ama, es de no estar; su corazón estaba en las pancartas, en el rechazo y en la reivindicación del sueño; pero estuvo, dio la mano, formó en la fila y tuvo que componer la figura. No quiso que su policía descolgara la grosera pancarta del rey boca abajo (que califica a quien la coloca y sostiene más que al aludido) y quedó retratado como el “Jaimito” o el “repelente niño vicente” que no puede evitar las travesuras para llamar la atención. Los catalanes tendrán que apreciar que tal llevó su representación a lo largo del día  8y de los anteriores y sucesivos).

Era el día, la jornada, el acto, “por las víctimas y contra el terrorismo”, pero los “indepes”  no pueden perder ninguna oportunidad de poner en primer plano su pasión, ¡qué angustioso les debe resultar, que agonía deben sufrir al ver que hay quien no les entiende!

Sospecho que las víctimas, protagonistas de la jornada, acaban el día con un suspiro de decepción y fatiga; con la sensación de ser instrumento de intereses que les son ajenos, aunque con la emoción de unos actos bien concebidos y ejecutados, porque la capacidad escénica de Barcelona suele ser brillante y efectiva. Pasó el día y no se rompió nada, cada cual asumió el papel que había previsto. Quedan las jornadas  septembrinas y la coda de octubre. Mucha representación pendiente.