Cuatro patas nuevas para otro tablero político

Cuando Aznar llegó a la presidencia del PP tenía 36 años y Felipe González encabezó el PSOE con 32. Ahora los líderes de ambos partidos llegan al cargo con 42 (Sánchez el año 2014) y 37, Casado. Van a competir como cartel electoral con Rivera y el otro Pablo (Iglesias) nacidos dos y un año antes que Casado. Tipos de cuarenta años que no votaron la Constitución, que han vivido en democracia plena y que acumulan experiencia política de partido; todos han pegado carteles para hacer carrera. 

Para cualquier observador externo que vea España con ojos de analista los relevos en el liderazgo de los grandes partidos le llamarán la atención y le advertirá que en esta joven democracia del sur de Europa pasan cosas, se producen cambios simultáneos en el tablero político que complican los pronósticos. Un indicador de vitalidad y expectativas. 

Cuatro años atrás, en plena crisis, los cuatro líderes actuales andaban metidos en política en sus respectivos partidos pero en posiciones muy secundarias, sin señales de que pronto podían asumir tareas de primer nivel. Uno de ellos (Sánchez) ya es Presidente de gobierno y alguno(s) de los otros tres pueden llegar a serlo a poco que las cosas les salgan bien. 

Pablo Casado ha ganado en buena lid, con audacia e inteligencia, el liderazgo del PP; como Sánchez lo hizo en el PSOE. Los casos de Rivera e Iglesias han discurrido por el lado de los nuevos partidos emergentes, son los inventores mientras los otros han heredado partidos en crisis.   

Casado ha ganado la carrera desde fuera del aparato del partido. En las hipótesis de relevo que Rajoy contemplaba (con calma, con el horizonte de 2019 o 2020) no estaban ni Casado ni Soraya, aunque puesto a elegir prefería a su vicepresidenta para proteger el legado. Casado le debe poco a Rajoy, y éste sabe que el sucesor (no previsto) tendrá que hacer cambios profundos y enterrar la herencia. 

Al margen de todos los elogios fúnebres de oficio de estos días lo evidente es que Rajoy encabezó un partido en el gobierno con diez millones de votos (para perder la primera y la segunda elección) y deja el partido en la oposición, confuso y con expectativas de menos de seis millones de votantes.

Casado tiene que regenerar y reinventar el PP y para eso hará cambios de tono, de equipo y de estilo; tratará de cubrir un espectro ideológico y social muy amplio: todo lo que hay a la derecha del PSOE; con competidores a ambos lados y también dentro del propio partido ya que hoy la manta del PP no cubre todo el cuerpo del partido y no van a ser pocos los excluidos que se resistirán. 

El nuevo líder ha ganado por méritos propios, frente a una adversaria con recursos y poder, pero que ha acreditado en la campaña y, sobre todo, el día decisivo de votar, muy poca talla política, poco contenido ideológico y pobre estrategia electoral. Su discurso a los compromisarios fue inane, perdió partidarios y acreditó que una oposición, incluso de abogado del estado, añade poco para ser líder.

De Rajoy a Casado hay un salto generacional (podía ser su hijo) y vivencial; otro estilo, aunque ambos son de derechas de toda la vida, pero con actitudes distintas. En el Parlamento se notará el cambio y las encuestas de los próximos meses registrarán si los votantes han tomado nota del cambio. Los militantes y compromisarios del PP han olido el fracaso y han apostado por confiar en otra generación. 

Empieza otra partida cuando todo va demasiado rápido en la política española. Resulta que en breve Sánchez será el líder más mayor y más experimentado. Por cierto, todos hablan inglés de corrido; mejor Casado que Iglesias, con los otros dos en niveles intermedios.