Cortapisa y la relevancia del lenguaje

Torra

La liturgia del “proces” es tan importante como el mismo proceso; que parece estar dirigido por un director de escena que elige escenarios, guiones, personajes… y, sobre todo, palabras y lemas. Rajoy, nada sutil, y el PP, poco imaginativo, no entendieron las dimensiones litúrgicas de las relaciones con los nacionalistas, no percibieron lo que significó el pacto del Tinell que, en el lejano diciembre de 2003, los socialistas catalanes, ERC y la IcV (heredera del PSUC) firmaron para cerrar el paso al hegemónico Partido Popular de José María Aznar y, de paso, frenar la arrogancia de CiU que gobernaba Cataluña desde 1980.

Fruto de aquel pacto excluyente que superaba el consenso constitucional, llegó el tripartito catalán encabezado por Maragall y Montilla durante siete años y la aventura de la reforma del Estatuto Catalán que está en la raíz y esencia del “proces” desde la sentencia del Constitucional el año 2010. Convergencia, en aquel momento, no había dado el paso hacia el soberanismo independentista, para eso le faltaban algunos estímulos internos y externos, entre ellos la indiferencia e inconsciencia de Rajoy.

Rajoy sabía poco del repertorio de personajes y posiciones en Cataluña, de su dramatis personae. Tampoco lo aprendió después. Por ejemplo, el presidente dedicó muy pocos minutos a estudiar la personalidad de Artur Mas y a preparar su famosa reunión en la Moncloa del 20 de septiembre de 2012 en la que el catalán planteó un “Pacto Fiscal” que Rajoy rechazó sin pestañear y sin meditar las consecuencias.

Mas, que nunca ha entendido eso que llaman Madrid, salió de la Moncloa con la convicción de que con esta gente de Madrid no hay manera de entenderse y que su futuro político estaba en manos del catalanismo y nada más. Así que se hizo "indepe” porque no vio alternativa.

Hoy visita La Moncloa otro presidente, que no es Artur Mas, para hablar con otro presidente, que no es Rajoy. Imaginar que de esa reunión van a salir alternativas y entendimiento,  es ir demasiado lejos, pero ambos (especialmente Sánchez)  aparentan que han calculado la reunión para no dar un portazo y, al menos, comprometer otro encuentro y darse tiempo para hablar, para revisar sus límites, para fijar otro perímetro. En resumen para desescalar el “proces”, para deshinchar. Los dos tienen debilidades manifiestas y enormes distancias ideológicas y estratégicas. Probablemente el caso catalán no tiene arreglo posible, ni siquiera la conllevanza orteguiana, pero tampoco tiene salida; ni independencia ni convivencia. Los catalanes tendrán que entenderse entre ellos como tarea principal, sobre todo si el enemigo externo (España y los españoles) desvanecen su antagonismo. ¿Cuál es el precio posible, tolerable para ambas partes,  para que la fase de enfriamiento avance lentamente y produzca algún resultado? Seguramente no lo sabe nadie, se hará el camino…caminando, sin descartar otras confrontaciones como las que hoy quieren poner un punto y aparte.

Cataluña se orienta hacia una decadencia silente, a medio plazo, entre otras razones porque su proyecto está fuera del tiempo. Y el resto de España tendrá que esmerarse para consolidar lo que ha mejorado durante estos últimos cuarenta años. Si España va bien, el problema catalán irá a menos, aunque sea lentamente.

Esta reunión, aparentemente ordinaria, ritual tras la llegada de un presidente a la Moncloa, ha necesitado de la magia de las palabras; que la vicepresidenta Carmen Calvo dijera en sede parlamentaria “sin cortapisas”, que es como decir “sin limitaciones” (sin sinónimos) pero sin decirlo; cuestión de palabras, de liturgia; pudiera ser una buena señal.

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