Merkel: la indigestión del 4º mandato

Merkel

Las elecciones alemanas del pasado septiembre (como las italianas más tarde o las francesas antes) constituían jalones críticos para el futuro de Europa. Que las ganaran europeístas o populistas-aislacionistas… marcaba el paso del avance (o retroceso) hacia la integración, especialmente cuando el BREXIT marca un punto y aparte en el proceso.

Francia apostó por el europeísmo más militante, el de Macron, Alemania revalidó a Merkel, aunque con advertencias del soberanismo alemán a la hora de compartir decisiones; e Italia optó por la novedad, por los “cinco estrellas” y la Liga que argumentan que los males vienen de Europa, como los conservadores del siglo XIX advertían de los males de la imprenta y la libertad. O Trump pretende que con proteccionismo comercial Estados Unidos volverá a ser grande.

El mérito de los populistas es que ofrecen una explicación y una receta lineal,  mágica, sin entrar en detalles; y el demérito de los otros, de los europeístas, es que no consiguen garantizar la continuidad de la prosperidad; que desbordados por la “gran recesión” no consiguen reparar los ascensores de la igualdad y las oportunidades.

Merkel consiguió un cuarto mandato con un discurso sin novedades, más de lo mismo, y con un resultado insuficiente para gobernar. La alianza con los partidos bisagra tradicionales (liberales y verdes) resultó imposible porque ambos partidos eran tan imprescindibles como imposible su coexistencia en el mismo gobierno. Así que tras mucho trajín Merkel tuvo que volver a tejer el pacto con los agotados socialdemócratas, precisamente cuando ambos grandes partidos van a la baja, con electorados decepcionados, militantes enfadados y necesidad de renovación.

Demasiada tarea incluso para una señora tan resistente como Merkel. La tesis de que los cuartos mandatos son muy indigestos (les pasó a Kohl y a Felipe González) gana crédito con el caso Merkel. Aunque la canciller ha manejado bastante bien los gobiernos de coalición al cuarto mandato llegó con el crédito muy quebrantado y las habilidades desgastadas; pérdida de confianza en Alemania y, consiguientemente, en Europa. Cuando en la Unión se requieren liderazgos fuertes y decididos, la debilidad de la canciller, con su espalda amenazada por sus propios socios locales, complica la búsqueda de nuevos consensos.

Lo que hay que hacer en este nuevo entorno político global preñado de incertidumbres requiere mucha energía, muchos crédito, pocas mochilas a la espalda... y tras tres mandatos complejos como los que protagonizó Merkel las cargas acumuladas son excesivas, que no compensan las experiencias acumuladas.

Macron tiene un proyecto; ha puesto en marcha Francia, se está aprovechando con eficacia y discreción del BREXIT como ningún otro país comunitario. París será pronto (quizá ya lo es) la principal plaza financiera de Europa, las apuestas tecnológicas francesas van bien, los viejos fantasmas decadentes galos empiezan  a desvanecerse; mientras que Alemania sigue anclada en su fortaleza exportadora y un cierto inmovilismo. Lo que no se hizo en catorce años de gobierno (los que lleva Merkel al mando) no se va a hacer ahora. Y la señora no se ha ocupado del relevo, cuando éste es más complicado y problemático que la propia convicción de que toca dejarlo. Merkel ni lo deja ni se ocupa de abrir la puerta a la sucesión inteligente.

El cuarto mandato es un riesgo mayor; como era el tercero para Rajoy. Los líderes no saben irse, no intuyen el agotamiento por eso hay que imponerles el relevo, por su bien y el de los demás.

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