Los jueces de la manada: vicios privados, virtudes públicas

La sentencia contra “la manada” ha causado escándalo y estupefacción en la opinión pública, pese a que no era imprevisible, los antecedentes acreditan algunas otras sentencias con el mismo sesgo machista que afecta a la aplicación de la ley a la interpretación de los hechos más que a la letra de la ley. El escándalo no radica en que la violación y la agresión sexual no estén contemplada y castigada en el código sino en lo que algunos magistrados entienden por violencia y agresión. Hay casos límite como aquel magistrado que apreció baja resistencia de una niña de cinco años frente a un violador malnacido. O el de  este magistrado que ha tratado de explicar con más de doscientos folios lo que pudo resumir en dos. Los precedentes del magistrado y el tono de sus preguntas en el juicio anticipaban sus conclusiones; su concepto de lo que es violencia y agresión a una mujer anda muy necesitado de terapia, de hacérselo ver  para desentrañar una mente desordenada.

Pero no hay mal que bien no produzca, el vicio de unos induce la virtud del común, tal como explicó allá por 1720 Bernard de Mandeville en su “fábula de las abejas”. La “cagada” que supone la sentencia contra “la manada” ha provocado una corriente de opinión pública imponente; tanto que hasta este gobierno (pese a las vacilaciones del ministro de Justicia), agobiado por  el rechazo que provoca incluso entre buena parte de sus electores, se pone al lado de la manifestación y promete endurecer la, ley.

El problema no está en la ley sino más bien en las telarañas que anidan en las mentes de algunos jueces que deben vivir en otro mundo. Más que normas insuficientes estamos ante una cuestión de idoneidad de algunos jueces para el ejercicio de su función, tan esencial para vivir en sociedad. Sin jueces idóneos el estado de derecho fracasa, las víctimas sufren dos veces, los victimarios se van de rositas y la semilla del mal queda sembrada en zona productiva.

La movilización social reclama respuestas y, lo que es más importante, contribuye a mentaliza, educar, advertir sobre lo que está mal, lo que hay que corregir, lo que no debe volver a ocurrir. La violación es violencia y graduar ese comportamiento para atenuar la condena es ir por el mal camino. Algunos jueces, no solo en España, tiene problemas con las palabras, con su significado, quizá utilizan poco el diccionario y se pierden en recovecos de interpretación de normas y de hechos que les convierten en rábulas, que como advierte el diccionario significa “abogado indocto charlatán y vocinglero”.

Cuando un a sala aparta a un juez de un caso por parcialidad (el que afecta a los casos del PP en Madrid) la continuidad de ese juez en la función es peligrosa, si fue parcial antes, ¿cómo no lo va a ser después en otros casos?  A los jueces se les ha conferido demasiado poder como para se dejen tentar por ese corporativismo que les lleva a protegerse más allá de que su delicada función puede tolerar. Esta sentencia ha sentenciado a sus autores, el relato de hechos descarrila cuando aterriza para calificar no solo en el extravagante voto particular, también en la sentencia de la mayoría que ha sucumbido a la mediocridad, a ese término medio que deja al autor en tierra de nadie, con rechazo muy mayoritario.