Rajoy y las pensiones: gobernar es gastar

A lo largo de los últimos meses, con parsimonia y esterilidad, en el Congreso los diputados que forman parte de la subcomisión del Pacto de Toledo, han escuchado documentadas ponencias de expertos muy cualificados que han dedicado muchas horas a analizar los modelos de pensiones, el nuestro y otros que funcionan, y a proponer medidas  concretas que pueden contribuir a reformar, mejorar, sostener… el sistema. El dato de partida es que desde hace seis años el sistema sufre un déficit coyuntural que amenaza convertirse en estructural, en ausencia de medidas correctoras. El pasado año ese déficit ascendió a 18.000 millones de euros (más del 15% de la recaudación) que el estado ha financiado por una decisión política sensata y oportuna. Y este año las cifras son muy parecidas, algo menores. Un déficit que no se enjugará, aun en el escenario económico, financiero y demográfico más favorable, hasta medida la próxima década. En el escenario más desfavorable y en ausencia de reformas el sistema se convierte en inviable.

Pues bien de esa subcomisión no ha salido nada más allá de un listado de posibles medidas sobre las que hay cierto consenso aunque insuficiente. Lo que se puede hacer es conocido, lo que se debe hacer (con varias alternativas) también, pero nadie ha querido o ha sabido colocar el suerte el problema, asumir el coste (y beneficio) de explicarlo y ponerlo en práctica.

El Gobierno asumió a propuesta del ministerio responsable (Empleo) y con el acuerdo de los demás, especialmente Hacienda, un Presupuesto para 2018, que se envió a la cámara, que es de sobra conocido y que ha merecido sonoras protestas y manifestaciones de pensionistas cabreados y organizados. El Gobierno no ha querido ni sabido defender su propuesta y la oposición se ha puesto a favor del viento y ha renunciado a la pedagogía y al realismo.

Lo que resulta escandaloso es que todos los análisis técnicos, financieros, matemáticos… han decaído y se han echado a la papelera en una reunión político-partidista entre el jefe del PNV y el del PP (que lo es del Gobierno español) mantenida en la Moncloa una tarde primaveral. Una reunión discreta, no anunciada y de la cual nos e dieron explicaciones hasta el día siguiente, cuando el portavoz del PNV explicó su apoyo temporal a  los Presupuestos.

Los penalistas dirán que la figura de la prevaricación sería difícil de aplicar a lo ocurrido en la Moncloa el pasado martes, pero una lectura política y moral de los hechos aproxima mucho esa figura. Con el agravante de la reincidencia, porque el señor Rajoy como líder de la oposición se opuso a la reforma de las pensiones del año 2010 asumida por el gobierno socialista. Rajoy ha reconocido más tarde que hizo mal, que oponerse a la reforma fue un error, pero que en aquel momento castigar al gobierno era prioritario sobre lo razonable y conveniente. Una inmoralidad que se repitió, agravada el pasado martes: Sobre todo porque el año 2010 la reforma salió adelante contribuyendo a la sostenibilidad del sistema. Con aquella medida se beneficiaba el futuro de las pensiones. Con la propuesta del PNV de actualizar conforma al IPC en la actual coyuntura no se contribuye a la sostenibilidad del sistema. Lo que aparenta que es un beneficio a los pensionistas en realidad es un disparo en el pie, una carga al sistema que puede acelerar o acentuar la insostenibilidad.

El PNV, que goza de una soberanía fiscal en su territorio que supone ventajas evidentes, ha conseguido un acuerdo sobre una materia en la cual carece de competencia y por la que no asume coste alguno. El presidente Rajoy hubiera mitigado su culpa si al tiempo que asumía la reivindicación del PNV hubiera concretado de donde va a sacar los cientos de millones que cuesta una decisión tan política como arbitraria. Pero de eso no ha dicho nada, la factura se cargará contra deuda, contra déficit. Algo que Rajoy sabe que está muy mal, que traslada a los socios y a los acreedores una pésima señal, que supone manifiesta ligereza e irresponsabilidad… pero sabe también que a él no le va a tocar pagar las consecuencias, que el problema es para quien gobierne después. Rajoy ha asumido que “gobernar es gastar” y la factura la endosa al siguiente. Una actitud mucho peor que el hurto de dos botes de crema. Lo grave es que Rajoy sabe que lo que ha hecho está muy mal por eso sostengo que este hombre es un “desastre sin paliativos”.