Los “indepes”, de la astucia a la jactancia

Los “indepes” han tenido mucho tiempo y muchos márgenes para desplegar sus estrategias y definir sus objetivos en las distintas coyunturas por los que va pasando la democracia española. Al comienzo, durante las dos últimas décadas del pasado siglo, el esquema fue “hoy autonomía mañana independencia” (sin explicitarlo), con manifiesta deslealtad con la democracia y la Constitución, justificada por la naturaleza de la recompensa. Con esquema aprobaron la Constitución y el consiguiente Estatuto de Autonomía que incluía un autogobierno mejorado respecto a cualquier modelo federal. Los “indepes” de corazón han ido evolucionando con el paso de los años para fijar un objetivo final verosímil, el posible, el más cercano al Estado propio.

Si Pujol en los ochenta no quiso plantear la autonomía fiscal por razones prácticas (no quería ser el agente recaudador), a finales de siglo cambio de criterio a la vista de la evolución del modelo foral vasco y navarro que ganó en capacidad gracias a sucesivos pactos con los gobierno de Madrid, incluido el de Aznar que amplió facultades y capacidades.

El año 2012 Artur Mas planteó a Mariano Rajoy, recién instalado en Moncloa, agobiado por la gran recesión y un déficit exterior y público insoportables, un “pacto fiscal”, complementario al nuevo Estatuto gestado entre Zapatero y Maragall y bendecido finalmente por el propio Mas (en sufría en la oposición) tras una larga tarde-noche en la Moncloa con mucho humo de buenos habanos.

Rajoy no estaba para esa música y despachó a Mas, tras una sesión menos amistosa que las mantenidas con zapatero, con uno de esos silencios que desconciertan a sus interlocutores. Mas advirtió al Presidente que las manifestaciones por un referéndum de independencia le colocaban en una posición política complicada, pero Rajoy decidió que no había problema y que no era momento de negociar, ni de prevenir. Y Mas se sintió impelido  a militar en un independentismo que había rechazado hasta ese momento. Su unió a las élites barcelonesas que se sienten menospreciados e incomprendidos por “Madrid”, ese concepto diabólico que sirve para explicar las carencias de Cataluña sin necesidad de detalles, ni explicaciones. Madrid nos roba, Madrid nos desprecia… sin explicar que detrás o dentro de Madrid hay un universo muy plural y complejo, que en realidad Madrid no existe, es un invento poco reconocible.

Desde septiembre de 2012 Artur Mas empezó el viaje independentista con una primera estación crítica en el simulacro de referéndum del 9 de noviembre de 2014, una consulta tolerada por el Gobierno Rajoy con un pacto no explícito con la Generalitat para no validar ni hacer ostentación de la consulta, que arrastró a dos millones de catalanes y que funcionó como una jornada festiva y emocionante. En aquella coyuntura el presidente Artur Mas acuñó el concepto de “la astucia” para gestionar la organización de la consulta y la explotación del resultado. Amagó con no implicarse pero en cuanto se vio delante de cámaras y micrófonos al final de la jornada no resistió la tentación de encabezar el fenómeno. A nacionalista ya no le ganaba nadie.

Y de astucia en astucia convocó elecciones el 2015, con decepcionante saldo para él, y en 2016 aliado con sus adversarios tradicionales de ERC, con resultados insuficientes que le empujaron a “la papelera de la historia” y a una militancia más cativa en el independentismo. Con astucia llegaron a las jornadas del 6 y 7 de septiembre de 2017 en el Parlamento de Cataluña, al momento sedicioso del “procés”, al golpe civil que debía abrir la puerta a la república catalana. La astucia seguía presidiendo el proceso frente a un gobierno español desconcertado, atónito e impotente, que no quería creer lo que estaba pasando. El penúltimo acto de la “etapa astuta” fue el referéndum del 1 de octubre saldado con un éxito rotundo de los “indepes” que sumaron (a su manera) dos millones de seguidores y, además, las imágenes de un gobierno español represor (franquista) y nada dialogante (anti demócrata).

La historia es muy conocida y ha seguido por la “vía astuta” con  fugas y declaraciones circunspectas ante los jueces para evitar procesos y prisiones preventivas. Ahora la astucia empieza a agotarse, las cartas están descubiertas y la estrategia cambia hacia la “jactancia” ante los jueces. Jactancia significa según el diccionario: “alabanza propia, desordenada y presuntuosa”, y suele practicarse para impresionar, para amedrentar a los interlocutores. Es e es el comportamiento asumido por la plana mayor “indepe”, los de la conjura de los irresponsables (en muy correcta definición de Jordi Amat), frente a los jueces: desafiarlos, impugnarlos, demandarlos… ya no es la “astucia” sino la presunción, la descalificación. Lo que queda por ver es si con esa estrategia se gana terreno para alcanzar el objetivo, si con la ayuda exterior, se doblega al Estado y se le hace retroceder. El desenlace lo tendremos en pocos días, el 22 de mayo vence un plazo para acabar la temporada II de un serial que promete nuevas peripecias y episodios que hoy son imprevisibles. De la astucia y la jactancia habrá que pasar algún día a la negociación, seguramente con nuevos protagonistas.