Sostiene Puigvert: “No nos dejarán en paz” 

La lectura diaria de La Vanguardia, especialmente de sus articulistas, muchos de ellos periodistas con oficio, me parece imprescindible para tratar de entender la lógica interna y las emociones de los catalanes, de una Cataluña plural (que lo es) pero también de vecindad que se conoce bien por proximidad. Cuando se habla de “Madrid” como si fuera un todo se ignora la realidad de esa extraña comunidad, la madrileña, que carece de identidad y progresar desde su propia inexistencia, por un curioso mestizaje que ampara múltiples filiaciones simultaneas y que integra todo lo que pilla. También se ignora la realidad de Cataluña cuando se interpreta que aquella es una sociedad homogénea todos de la misma pandilla. Ni lo uno ni lo otro, Madrid y Cataluña admiten mal la simplificación; y además queda el resto de España, que es mucha España.

La Vanguardia publicaba ayer la colaboración de los lunes de Antoni Puigvert i Romaguera (La Bisbal, 1954, filólogo, poeta, periodista...) titulada “No nos dejarán en paz” en la que trasladaba un estado de ánimo muy significativo que merece una reflexión. Inspirado por Fernando Pessoa, cuya exposición en el reina Sofía de Madrid acababa de  visitar, Puigvert dice: “…hoy no tengo arrestos para colocarme mi máscara habitual, la de observador distante, la de frío analista. Hoy no puedo.  Amigos y conocidos míos han sido detenidos y formalmente acusados de magnos delitos políticos. Si, dentro de diez años, el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo no lo corrige, se pudrirán en la cárcel. Me repugna que el Estado necesite esta exhibición de fuerza vengativa para hacerse respetar, pero a la vez entiendo racionalmente que la razón de Estado solo puede ser ciega y cruel como la prosa del juez Llarena. Sabía que esto pasaría, lo he estado escribiendo durante años; y me cuesta horrores justificar a los que nos han conducido a esta funesta situación. Pero al mismo tiempo me escandaliza la glacial disposición de los que, sabiendo que había muchas posibilidades de desactivar con una respuesta política el problema planteado, dejaron pudrir el tiempo, obturaron todas las salidas y contribuyeron a exasperar la situación a fin de poder aplastar tranquilamente al adversario en cuanto la fruta estuviera madura. Esta maldita contradicción me convierte en desleal a mi amigo Carles, encarcelado ahora en Alemania: sigue siendo mi amigo y haré todo lo que pueda para ayudarle, pero no podré nunca entender que haya conducido al país al matadero. Esta maldita contradicción me hace romper el vínculo de lealtad con unas leyes y unas instituciones que, aunque vigentes, ya no puedo reconocer sin malestar, tristeza e irrevocable decepción. Viviremos muchos años bajo una doble opresión emocional. Lo decía Pessoa: “Tanto el odio como el amor nos oprimen: ambos nos buscan y nos persiguen. No nos dejan en paz”.

La cita es larga pero me parece muy ilustrativa para todos. No comparto el razonamiento, la equidistancia que no es esconde compromiso, me parece que hay otras valoraciones de los hechos menos agónicas, pero sin recurrir a Pessoa cabe transitar por otros razonamientos. En cualquier caso concluyo que para los no catalanes la aproximación al problema, a la desavenencia hay que hacerla desde la humanidad, desde el afecto, desde la razón y nunca desde el odio; más valdría matarnos a besos que a reproches, la única salida es escucharse, sin condiciones previas, trabajar juntos en lo pequeño para luego ir a lo grande. No conozco a Puigvert, le leo desde hace años y cuando escribe desde el corazón dolido, sin la máscara del periodista, me conmueve y me lleva a decirle, hermano tenemos mucho más en común de lo que algunos pretenden, tenemos un deber primario de lealtad con nosotros mismos y con los que vienen detrás, los que van a heredar nuestros sentimientos, pasiones y actos. Ese “no nos dejarán en paz” hay que sustituirlo por la aspiración al óptimo: “vamos a convivir y cooperar en armonía”, porque ahora ni siquiera nos conllevamos, que es uno de los últimos subóptimos.