Visión lineal del Banco de España sobre la economía 

El Banco de España, su servicio de estudios, presenta trimestralmente su proyección sobre el comportamiento económico previsible. Son estimaciones que gozan del aprecio de los demás analistas nacionales e internacionales que tienden a seguir las opiniones del banco. Esta semana ha publicado su pronóstico que mejora unas décimas el anterior (diciembre) en todos los epígrafes básicos: PIB, empleo, precios… Las proyecciones para el próximo bienio (2019-20) son, prácticamente, lineales, con  descenso del ritmo de crecimiento hasta un 2,1% para 2020, fecha para la que estiman un paro del 11% que, siendo el más alto de los países centrales de la UE, empieza a ser asumible en el modelo laboral español.

De las explicaciones oficiales, tanto la nota de prensa como la presentación del director de estudios, cabe destacar la proyección lineal de los datos, seguramente prudente pero con ausencias que me parecen llamativas. La presentación peca de exceso de limpieza o de una neutralidad incolora, indolora e insípida. Apunta como cautela el efecto del reciente acuerdo salarial de Hacienda con los sindicatos de funcionarios sobre la consolidación fiscal, así como alguna incertidumbre por el retraso de los Presupuestos para 2018. En este capítulo de cautelas se refieren, sin entrar en detalles, al riesgo del proteccionismo emergente, de los efectos del Brexit y, con decreciente preocupación, al problema catalán.  Pero poco más en el capítulo de las “incertidumbres crónicas” que caracterizaran la época actual y complican cualquier previsión más allá del corto plazo.

Por ejemplo inquieta que apenas se haga referencia al riesgo que comporta el endeudamiento global de la economía española, cuyos efectos hoy están mitigados por la política monetaria del BCE que han dejado los intereses de la deuda al nivel de la tasa de inflación. Una espada de Damocles que pende sobre el futuro de la economía española porque, antes o después, la relajación monetaria tendrá que acabar.

Parece que los dirigentes del Banco de España están escarmentados por las críticas graneadas que reciben desde todos los flancos en cuanto aluden a materias sensibles que tienen que ver con las reformas históricas pendientes (mercado laboral, pensiones, productividad, endeudamiento…). El mandato legal del Banco de España incluye el deber de advertencia a los gobiernos y a los ciudadanos sobre los riesgos económicos que condicionan un crecimiento sostenible. Al banco le corresponde el papel de cenizo, la función de retirar el ponche de la fiesta cuando se llega a cierta hora. Hace diez años, cuando se gestó la crisis (la mayor de la historia reciente) el banco no tuvo un buen desempeño, no alertó suficientemente de los riesgos del crecimiento desmesurado del crédito, no llamó la atención sobre lo que significaba perder la herramienta cambiaria (la devaluación competitiva) que había sido la habitual en las economías del sur de Europa.

Esta semana presentó en Madrid el profesor Josep Oliver su libro “La crisis económica en España” (RBA, octubre 2017) que en doscientas páginas repasa con datos y buen análisis las causas de la crisis y los riesgos que se ciernen aun sobre la economía española. El profesor destaca la recuperación (¡asombrosa!) de la economía española, que es un dato objetivo pero advierte de los riesgos persistentes, especialmente los referidos al endeudamiento y a una deficiente (por ser amables) de la gobernanza de los últimos gobiernos.

El Banco de España pasa de puntillas, con silencio, tanto de los riesgos por la deuda como de la ausencia de reformas de calado para mejorar la productividad y prepararse para la próxima crisis que, según el profesor, llegará. Hay datos muy positivos: exportación, desendeudamiento privado… pero también tareas pendientes que no aparecen ni en la agenda política ni en el debate social. El Banco de España ofrece unas previsiones asépticas, amables, lineales… pero no es así como se construye reputación, como se gana el sueldo y se cumple la misión encomendada.