Lavapiés como síntoma de un mal enfoque

El infarto de miocardio que ha acabado con la vida de un inmigrante residente en el barrio de Lavapiés ha destapado un polvorón oculto que puede estallar en cualquier momento. Pero en vez de entrar en el fondo del problema las distintas administraciones concernidas y los partidos políticos se han enredado en una madeja de  críticas y descalificaciones con la excusa de los bulos malintencionados (o no) sobre unos hechos poco verificados. La policía municipal contra varios concejales, los concejales contra el capitalismo en general, los antisistema aprovechan el rio revuelto para armarla parda, los emigrantes sin papeles acosados e incomprendidos utilizados como arma arrojadiza de unos y otros…

El hecho más lamentable es el del muerto y los de los heridos y acosados. Y el problema aflorado es el de personas que llevan ¡doce años! deambulando por Madrid, sin documentación, sin derechos, viviendo de mala manera y soportando la adversidad sometidos a mafias egoístas que alientan y abusan de los llamados “manteros”.

En vez de investigar los agujeros de una regulación ineficaz y de una gestión muy mejorable de todos esos emigrantes que han entrado en España por la puerta de atrás, que sobreviven con derechos muy limitados y que, inevitablemente, protagonizaran y no por su voluntad, conflictos sociales que pueden llevar a estallidos de violencia.

España ha gestionado durante las dos últimas décadas una llegada de emigrantes que no tiene precedentes. Más de seis millones de personas (el 15$ de la población residente) ha ido llegando a España por los procedimientos más diversos que van de lo registrado a lo irregular parta buscar un futuro que se les negaba en sus países de origen. Muy pocos países han asimilado tantas entradas en tan poco tiempo sin pagar un alto tributo en conflictividad e inestabilidad social.

Por múltiples razones, insuficientemente analizadas, la sociedad española ha asimilado el fenómeno sin alterar la “vecindad”, los equilibrios sociales, aunque no han faltado incidentes localizados sin consecuencias graves. El balance es bueno, pero hay agujeros muy evidentes, por ejemplo el hecho de que no pocas personas sobreviven año tras año sin regularizar su situación, sin existir en las estadísticas y en la economía formal.

Condenar a miles de personas a la economía informal es entregarles a mafias, condenarles a sufrir abusos y restricción de sus derechos. No es fácil gestionar los flujos de migrantes pero se puede aceptar que haya muchos seres humanos situados en el limbo social año tras año, ¡hasta doce! Los senegaleses que pueblan Lavapiés, que no han creado problemas sociales, que son queridos en el barrio, que están rigurosamente desatendidos por sus servicios consulares en Madrid… merecen más respeto, merecen no ser utilizados por grupos violentos o por la mala política. El Ayuntamiento y los servicios autonómicos y estatales de emigración tienen que conocer el problema y ocuparse con más diligencia para expulsar a unos pocos indeseables y regularizar y encauzar a muchos muy deseables que quieren ser ciudadanos de provecho, capaces para ganársela vida.

El estallido de Lavapiés debe ser el aviso de que hay un polvorín que requiere ser neutralizado con buena gestión, con dedicación y con inteligencia. La mejor forma de resolver los problemas es evitarlos, anticiparse, poner e n practica soluciones antes de que se descontrole la situación. Los de Lavapiés merecen soluciones y no conflictos, necesitan ayuda y no ser utilizados para fines inconfesables.