El recuerdo de la Carabias bien vale un premio

Leo en los diarios que el Congreso quiere establecer un premio periodístico para honrar la crónica parlamentaria (el Senado ya lo tiene) y que la presidenta Ana Pastor ha propuesto que lleve el nombre de Josefina Carabias. Excelente elección porque es uno de los nombres grandes de la profesión. Rosa Belmonte en su columna de ABC ha fruncido el ceño, le parece bien, reconoce el mérito de Josefina pero lo considera una arbitrariedad frente a nombres como Wenceslao Fernández Flórez, Azorín y Julio Camba. No le falta razón a la colega que teme que la condición de mujer haya pesado en la propuesta. Desde luego que los tres citados forman parte del cuadro de honor de los cronistas parlamentarios; también Luis Carandell (que da nombre al premio del Senado) y Victor Márquez Reviriego o Manuel Vicent, todos con pluma, con sorna y con fundamento.

Pero sacar a la luz a Josefina Carabias (empezó firmando Pepita Carabias en abril de 1931, en “Estampa”, una entrevista con Victoria Kent) me parece un acto de justicia y de homenaje a la que considero que fue la primera mujer periodista profesional en España. Pepita estudió derecho e iba para registradora de la propiedad pero no convocaron oposiciones y no querían mujeres para semejante cometido, de manera que como por casualidad acampó en el periodismo por culpa de Sánchez Ortiz, subdirector de “Estampa” (una gran revista donde oficiaba de gran periodista Chaves Nogales) que encargo a Josefina la crónica de una tertulia en la Residencia de Estudiantes (la de señoritas) donde habitó la Carabias mientras estudiaba derecho. Eso ocurrió en febrero de 1931, tenía 22 años y la II República estaba a punto de llamar a la puerta de la historia.

Desde entonces Josefina (alguien le dijo que lo de Pepita no era serio como firma) hasta su muerte en 1980, hizo de todo (y todo bien) en periodismo: información de calle, crónica, reportaje, entrevista, corresponsal de Washington y París, columnas… Tropiezo con unos de sus últimos trabajos en el YA (15-2-1978), precisamente una crónica parlamentaria con los debates constitucionales como argumento. Excelente crónica, por cierto, en la que recordaba el debate del artículo 24 de la Constitución de la II República (octubre de 1931); ella estaba allí y recuerda que “empezó a las tres de la tarde y terminó, en medio de un escándalo colosal, cuando el sol de la mañana siguiente entraba ya por la claraboya del hemiciclo. Y pocas horas después se planteaba una crisis de Gobierno”. Concluía la crónica con la siguiente frase “ahora parece que todo va a transcurrir más sosegado. Al menos…allí dentro”.

Pilar Diezandino ha buceado en el caudal informativo de Carabias y lo ha ordenado. Es inmenso. Repaso entre mis libros varios de la Carabias “Los que le llamábamos Don Manuel (Azaña)”, “1878”, “Miguel de Cervantes” y “Teresa de Jesús” (biografías), “De oro y azul” (novela), y libros de crónicas como “La mujer en el futbol”, “Los alemanes en Francia vistos por una española”, “Crónicas de la República”. Y encarezco la lectura del delicioso epilogo al libro de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte (edición de Alianza Editorial), son 17 páginas magistrales. La Carabias era brillante, atrevida, con mucho carácter y enorme talento. Su hija Mercedes me recordaba hace unos años que para “madre” así la llamaban sus hijas, le resultaba asombroso que su hija Carmen (Rico Godoy) escribiera con sentido del humor y que un Borbón hubiera traído la democracia a España.

Así que quizá tenga algo de arbitrariedad lo de nominar un premio del Congreso “Josefina Carabias”, pero recordar su nombre y su profesionalidad lo amerita. Para los que quieren ser periodistas les recomiendo leer a la Carabias, conocer su trayectoria, y tomar nota de sus principios, que expuso a Juby Bustamante que la entrevistó para el diario “Madrid” el 17 de abril de 1971: “Mis principios periodísticos han sido pocos y claros. En primer lugar la sinceridad, soy incapaz de decir lo que no siento, lo cual no quiere decir que diga todo lo que siento. Procuro no ser grosera, no ofender, pero jamás digo lo que no pienso. Segundo, no escribo para mí, para lucirme o para mi gusto… escribo con la idea de que la gente lo lea y no le cueste trabajo. Procuro llevar a la gente lo que pasa, y que se entere, sin caer en lo fácil. He sacrificado brillo personal para decir cosas verdaderas. Y eso puede que me haya costado algún disgusto en determinados sectores, pero también me ha dado mucha serenidad de ánimo”. Pepita Carabias  era mucho Jesefina