Las pensiones entran en la pugna electoral 

Los políticos suelen actuar con la vista puesta en las encuestas, los asesores les dice lo que no deben decir y dónde tienen que ser asertivos para ganar (o no perder) vitos. Un tema tabú ha sido el de las pensiones, “ni tocarlas” dicen los expertos en estrategia electoral. Aznar perdió unas elecciones frente a Felipe porque este le enredó trasladando inseguridad a los votantes respecto al futuro de las pensiones. Por aquello vino el Pacto de Toledo que en esencia significaba que unos y otros no se iban a tirar las pensiones a la cabeza. Además se plantearon propuestas razonables e inteligentes para garantizar el futuro del sistema.

El pacto duró hasta 2011, cuando las cuentas se pusieron cuesta arriba y el gobierno de turno (Zapatero) planteó una reforma para alargar progresivamente (en quince años) la edad de jubilación hasta 67 años y el período de cómputo de la base de la prestación de 15 a 25 años. Aquella reforma tuvo el voto favorable de sindicatos y patronal y el desfavorable del PP por razones electorales, por el principio de “al enemigo ni agua”. Un error que el propio Rajoy reconoció más tarde.

Unos años más tarde, el 2013, con Rajoy en el gobierno y Bruselas apretando para que el déficit no llevara al país a la quiebra y el euro a la basura, el gobierno Rajoy planteó otra reforma con eje en el llamado “factor de sostenibilidad” que impone un índice de revalorización más complicado que el IPC que, aparentemente, garantiza el poder adquisitivo y es fácil de entender. Los expertos propusieron un “Índice de Revalorización” mediante una fórmula que tiene en cuenta el balance de ingresos y gastos del sistema, la evolución de la economía… con suelo (+0,25%) y techo (IPC+0,5%). Teóricamente impecable pero políticamente más complicado de explicar, sobre todo en las fases bajas del ciclo, cuando entra en vigor el 0,25% frente a un IPC superior.

Para esa reforma los socialistas pagaron al PP con la misma moneda que estos dos años antes; negaron su voto, quebrantando definitivamente el Pacto de Toledo, que quedó inoperante, y así sigue. Los nuevos partidos que nunca tuvieron responsabilidad en esta materia se han colocado a favor de corriente, cortejan a los pensionistas  (muchos millones de votos) que hasta ahora iban a los viejos partidos.

El PP ha manejado este problema con su habitual suficiencia y arrogancia, con declaraciones de baja densidad argumental, con promesas pero no explican, con nulo sentido de la anticipación. Durante los primeros años de aplicación del modelo (2014-17) no hubo problemas porque el IPC evolucionó en negativo, lo cual inutilizaba el argumento de la pérdida de capacidad adquisitiva. Pero desde hace meses el IPC camina hacia el objetivo de la política monetaria, en torno al 2%, y los pensionistas pierden capacidad adquisitiva, no tanto como dicen algunos, pero pierden.

Ni PP ni PSOE que son los arquitectos del sistema, han sabido anticiparse al problema; los primeros prometen que se van a ocupar, y los otros declaran que hay que volver al IPC y la garantía de capacidad adquisitiva, sin concretar cómo, con qué recursos. Y los pensionistas, muchos millones de votantes, se cabrean y suben la puja y la protesta.

Los nuevos partidos se frotan las manos ante la oportunidad del desgate de los adversarios y se colocan a rebufo de la polémica sin entrar en detalles. Albert Rivera no rehúye el problema pero se sitúa en la superestructura, en el medio plazo, en la demografía y el empleo como grandes ejes de debate. Tiene razón, pero ahora se precisa una respuesta de corto plazo, caliente, atrevida; lo cual tiene el riesgo del oportunismo, que amenaza la credibilidad y la confianza.

Las pensiones han entrado con estrépito en el debate político; un asunto de mayor cuantía y mucha emoción, que puede arruinar definitivamente las expectativas del PP, sin por ello mejorar la posición de los socialistas. Una dura prueba para la credibilidad de todos y para el futuro electoral. Los asesores se devanan la cabeza para construir un argumentario eficaz. La terapia de la verdad es el camino ortodoxo y decente, pero requiere inteligencia, valor, confianza… y eso no abunda en estos tiempos.