¿Está amenazada la libertad de expresión en España?

Algunos árboles complican la visión del bosque. Que alguno de esos árboles salga torcidos no cuestiona, necesariamente, la fortaleza del bosque. En España el bosque de la libertad de información y de expresión (que no son lo mismo aunque se relacionan) es fuerte, irreversible, aunque algunos hacen comparaciones disparatadas sin el menor fundamento (España no es Turquía); hablan a humo de pajas, porque les va bien a un discurso tópico.

La sentencia de una jueza de primera instancia que pretende secuestrar e impedir la circulación de un libro que lleva más de cuatro años en los escaparates no se tiene en pie y no tendrá recorrido en cuanto escale a tribunales superiores. Secuestrar publicaciones es un acto de jactancia, una orden de imposible o ineficaz cumplimiento que solo revela incompetencia por parte de la señora jueza. Hubo un caso precedente cuando otro juez intentó secuestrar una revista satírica por una portada de pésimo gusto. Fue una sentencia de imposible cumplimiento, incluida la pretensión de destruir las planchas, cómo si existieran planchas. Aquello quedó en poco más que publicidad y notoriedad para una revista que andaba muy necesitada.

Algo semejante ha ocurrido recientemente en los Estados Unidos con el famoso libro sobre la corte (más bien la leonera) de Trump en la Casa Blanca. El presidente quiso secuestrar el libro “Fuego y Furia” de Michael Wolff, pero ningún juez secundó la pretensión. El resultado ha sido una venta extraordinaria de la obra en EE.UU y en el resto del mundo que incluso ha arrastrado por simpatía otro trabajo académico anterior con el mismo título aunque diferente contenido.

A la errónea decisión de la magistrada sobre el libro “Fariña” escrito hace años por un buen periodista, Nacho Carretero, se sumó el mismo día la cobarde decisión del director de IFEMA y la galerista Helga Alvear, que retiraron de ARCO “por si acaso” una obra oportunista de  Santiago Sierra. El artista está feliz al aparentar ser víctima de un ataque a la libertad de expresión. Sierra ha conseguido llamar la atención por la tontuna de unos pocos, pero no por su esforzada lucha por la libertad; lo suyo va por otro lado. Y algo semejante sirve para tuiteros, raperos y similares que recurren a la estridencia y la provocación  para ocupar la escena. Alguno de ellos tropieza estos días con una sentencia del Supremo que ha entendido que la libertad de expresión tiene algunos límites.

Les tiene aunque la definición de ese perímetro es difusa y basculante. Hasta ahora los tribunales españoles han defendido el más amplio perímetro para la libertad de expresión y de información, tanto o más que los países y legislaciones más permisivas, perfectamente en línea con las sentencias de tribunales europeos.

Pero las libertades de expresión y de información no son ilimitadas cuando tropiezan con otras libertades individuales. A los jueces (no a legislaciones positivas y restrictivas) se encomienda fijar los límites de colisión y para ello los tribunales ponderan cuál de las libertades en conflicto tiene preferencia. Unas veces lo hacen sin ruido y otras con polémica, pero así es la rosa. La ponderación puede cambiar de énfasis en función de la experiencia acumulada, del entorno, de las circunstancias, incluso del talante de los juzgadores. Por eso hay recursos.

Me parece excesivo e infundado sostener que en España las libertades de expresión y de información están amenazadas por algunos casos concretos, que son  más pintorescos y oportunistas que otra cosa. Claro que hay amenazas a la libertad pero estas vienen más de la emergencia de nuevos monopolios, de las malas prácticas, de la debilidad de  los medios… que del despliegue creativo, más o menos estridente, sometido a persecución. Las democracias retroceden y no pocas dictaduras más o menos intensas (Rusia, Cuba, Turquía, Venezuela…) avanzan. Montar un caso de riesgo en España es desproporcionado, como mirar el dedo en vez de lo que este señala. Las lágrimas de cocodrilo de algunos líderes políticos huelen a cinismo desaforado, sobre todo cuando sus prácticas en el respeto a la libertad de expresión interna y de los informadores es manifiestamente mejorable.