La insoportable levedad de la XII Legislatura

La Legislatura, duodécima desde la vigencia de la Constitución navega sin rumbo ni contenido con insoportable levedad,  no se ganan el sueldo sus señorías que, asisten poco, trabajan poco, aportan poco y se afanan, básicamente, en hacer campaña electoral del peor jaez, contra la pierna del contrario  para debilitar sus posibilidades electorales. El Parlamento apenas controla el gobierno, no legisla, entre otras razones porque el gobierno ni lo intenta, y dedica la mayor parte del tiempo a comisiones de investigación que investigan poco, entre otras razones porque las competencias medias de los diputados discurren por parámetros muy modestos.

La presidenta del Congreso ha intentado ordenar la agenda y las tareas parlamentarias pero no ha encontrado respuesta favorable en la mesa del Congreso y sin el acuerdo de los grupos no hay manera de gestionar la Cámara. La debilidad del Gobierno y del grupo parlamentario que le sustenta en minoría es un dato indiscutible pero ni Rajoy ni su partido son conscientes. No lo fueron en la fallida XI legislatura que discurrió con pena y vergüenza durante el año 2016 y que llevó a repetir las elecciones. Y tan poco lo está siendo esta legislatura una vez que consiguió el acuerdo0 de investidura con los votos de Ciudadanos y la abstención del PSOE.

Instalado o mantenido en la Moncloa Rajoy ha acreditado desdén y antipatía por su principal aliado (Ciudadanos) al que ve como enemigo electoral y solo se esmeró para lograr el apoyo de los partidos constitucionalistas para imponer el art. 155 en Cataluña. Un apoyo que no era necesario (el PP tenía mayoría en el Senado) pero que tanto el PSOE como Ciudadanos no podían negar al Gobierno por razones obvias.

Tal y como están las cosas en este momento la aprobación de los Presupuestos para este año es imposible y el gobierno empieza a asumir que para durar tendrán que complementar la prórroga presupuestaria con decretos concretos que no será fácil convalidar, especialmente si se mantiene la confrontación a cara de perro con los partidos que pueden ayudar al gobierno.

La confrontación parlamentaria y política no puede discurrir por cauces más barriobajeros, si a la etapa Zapatero se le puede atribuir “pensamiento desordenado” en feliz y brillante definición de Ton Burns en su recién publicado ensayo “Entre el ruido y la furia: el fracaso del bipartidismo en España” (Galaxia de Gutenberg, 2018) la etapa Rajoy, especialmente a estos últimos años, se podría calificar como la del “ni pensamiento, ni acción”.

La legislatura está agotada, quedó exhausta tras la frágil investidura hace poco más de un año, y, de entonces acá, solo ha agonizado con leves despertares para una respuesta inexcusable al “proces independentista”. La reunión de los dirigentes del PP el pasado lunes significa por lo inane de su no-debate un ejemplo clamoroso de inconsciencia de irrealidad.

El PP, es decir Rajoy, tendrá que decidir si afronta el reto electoral de mayo de 2019 (europeas, municipales y autonómicas en media España) para ir a la debacle como partido antes de las generales alas que llegaría definitivamente derrotado o adelanta las generales para lo cual tienen argumentos sobrados y cede el liderazgo para desanimar el voto contra Rajoy que sería letal para el PP. El presidente resta a su partido, debería saberlo aunque sus cofrades no tienen ninguna gana de advertirle, no vaya a ser que les expulsen antes de competir.

Hubo una legislatura basura, agónica, la V (1993-96) la última de Felipe González, que no sirvió para nada más que romper el espinazo al PSOE y sentar la bases de la confrontación partidista para convertir a los adversarios en enemigos a los que excluir. Si la V fue basura, la XII va a ser inane.