La agonía del Grupo Z

El Grupo Z nació con Interviú hace 42 años (con la transición y la libertad que alumbró) por iniciativa de Antonio Asensio y algunos más que fueron abandonando a medida que llegaba el éxito. No fue obra de una sola persona (Asensio) pero él fue el que perseveró en una iniciativa que nació de pie desde el primer día porque acertó a interpretar una demanda y crear un mercado. De la rama fuerte de Interviú nacieron nuevas ramas con éxito desigual. Tiempo fue el semanario político beneficiado del talento de periodistas como Julian Lago, Pepe Oneto... siempre con Asensio al fondo como editor tan comprometido como decidido, en Madrid y en Barcelona.

Segunda generación de aquello fue El Periódico, un diario con doble sede en Barcelona y Madrid, que fracasó aquí y acertó allí. Y alrededor de esas cabeceras tractoras aparecieron otros negocios menores que iban de la edición de libros (vendida hace un año al gigante del sector), de revistas sectoriales y de encargo, televisión (incluida una posición dominante en Antena 3 que acabó en Telefónica como paso previo a la actual ATRES Media) y otras empresas en el ámbito audiovisual.

Interviú ha seguido durante estos cuarenta años fiel a su modelo inicial sin innovación significativa para adaptarse a los nuevos tiempos y modos editoriales. La muerte de Antonio Asensio en abril de 2001 a los 53 años, dejó al Grupo Z varado en la playa poco antes de una disruptiva revolución tecnológica que requería talento, iniciativa y capacidad.

El Grupo entró pronto en dificultades financieras y en una perpetua negociación con sus acreedores (bancos) obsesionados más por los costes y el control que por el negocio periodístico. Después del fundador en Z no ha existido editor ni proyecto, la inercia ha dirigido los productos tradicionales hasta su agotamiento, con lectores que han dejado de serlo por su cambio de interés y preferencias.

Hoy es fácil decir que el cierre de las dos cabeceras (y lo que arrastre) es la historia de una muerte anunciada. Lo es. Como también el hecho de que las sucesivas gerencias, sostenidas por los acreedores, no han  sido capaces de construir y crear futuro. Los medios nacen y mueren como las personas, con ciclos más o menos largos y prósperos. El fatal momento del cierre es trágico, sobre todo por los empleos que se lleva por delante.

Cuando algunos sostenían que la crisis tocaba a su fin, que la destrucción de empleo periodístico el cierre abrupto (que no es peor que una agonía) advierte que el fin del túnel está lejos, que lo viejo sigue  agotándose mientras lo nuevo no acaba de pintar un panorama halagüeño, ni esperanzador.

Los medios y el periodismo siguen extraviados en el nuevo universo que imponen las tecnologías e Internet donde los ingresos son famélicos y la oferta abrumadora y desparramada con esos nuevos monopolios de la GAFA que imponen su fuerza y se quedan con todo el valor añadido.

Llegados a este punto trágico solo cabe rogar que el entierro sea educado, que no maltraten a la gente más de lo inevitable, que los que han sido malos gestores de la innovación al menos pongan fin a lo inviable con buenas maneras, con respeto a mucha gente que hasta ahora vivía de eso  con razonable dignidad. Y que lo que queda, especialmente El Periódico, se gestione con más talento y diligencia, que el alud no se lleve todo por delante.