Cataluña cinco años después, de mal a peor

Han pasado cinco años después que el presidente Montilla advirtió la desafección entre Cataluña y el resto de España. Antes, el propio Jordi Pujol, ya expresidente todavía escuchado, señalaba que españoles y catalanes “no nos gustamos”, ni unos a otros ni otros a unos, incluso no nos gustamos a nosotros mismos, a añadía para enfatizar el malestar.

Analizar esa recíproca antipatía que ha crecido con el paso del tiempo me parece una cuestión previa al proceso de reencuentro que tendrá que producirse de forma inevitable, aunque llevará mucho tiempo y una o dos generaciones. Serán otras perso0nas distintas a las que ahora pilotan el disenso, las que escarmentadas por la realidad retornen al pragmatismo y el buen sentido por propio interés.

Han pasado cinco años (casi 2000 días) desde que un 11 de septiembre de 2011 una exitosa manifestación en contra del afeitado de aquel Estatuto, votado por socialistas y convergentes, sin el apoyo de ERC y el PP, empujó al presidente  Arturo Más y a su partido al independentismo. Desde entonces los catalanes han votado masivamente (entre el 68 y el 82%) en tres ocasiones (2012, 2015 y 2017) para elegir Parlament y gobierno catalán.

Las tres convocatorias han tenido sesgo plebiscitario para alcanzar una “mayoría excepcional” (son palabras de Artur Mas) para la independencia. Y en las tres ocasiones el voto de los catalanes independentistas se ha mantenido entre el 46 y el 47% de los votantes. Un porcentaje muy semejante al de las tres elecciones autonómicas anteriores (1999, 2003 y 2010).

Un largo viaje a lo largo e cinco años para no moverse de la estación de salida a pesar de la presión institucional y social para ampliar el espacio del secesionismo. Un viaje donde la única novedad ha sido el crecimiento del bloque nada nacionalista (PP y Ciudadanos) que ya alcanza un  30%  del voto frente al 10% que registró al comenzar el siglo. El tercio intermedio, el espacio del catalanismo más autonomista que representaban PSC e ICV-Podemos-Comunes) ha ido a la baja desde casi el 40% a principios de siglo hasta el 21% actual.

Con semejante mapa electoral imaginar que es posible un nuevo consenso para gestionar Cataluña tiene más que ver con la utopía que con la política (el arte de lo posible). De manera que hoy por hoy no hay salida, no hay ni puentes, ni mínima confianza, para pespuntear un acuerdo. Iceta lo ha intentado y ha fracasado, su alabada visión táctica (que hizo posible el tripartito entre 2003 y 2011) está en vía muerta.

¿Cómo sigue la historia? Con los datos disponibles, con las posiciones sostenidas por las partes implicadas, sigue malamente. “Pronóstico grave”, señalaba Juan Tapia ayer, un periodista que conoce el paño, que está al tanto de los precedentes y de la realidad, que sufre por la recíproca desafección y que teme, con fundamento, que las cosas van a ir mal para Cataluña y también para España.

Comparto su diagnóstico y sentimientos, pero sospecho que para Cataluña el panorama pinta mal, lo estamos notando con los primeros datos económicos de fin de año, pero que quizá ni lo sea tanto para el resto de España. La resiliencia de la sociedad española es sorprendente, la velocidad con la que ha entendido la desafección y el desdén de los “indepes (ya estén bien de mentiras y de calificar a los españoles de franquistas, fascistas y falsos demócratas) conduce a desconectar de la cuestión catalana, que es  un problema, fundamentalmente de los propios catalanes que tendrán que resolver sus cuitas y contradicciones.

España va a mejor mientras Cataluña va a peor. Bueno sería ir de la mano, al alimón en un juego de mutuas ganancias, pero la alternativa no es, inevitable y fatalmente que ambas sociedades vayan a peor. Si ellos quieren ir a su ritmo, el resto de España irá al suyo aprovechando las oportunidades que ellos malogran. Los primeros datos muestran que la economía española sigue creciendo a buen ritmo mientras que la parte catalana se va quedando a la cola, otras regiones asumen lo que ellos pierden.

Tendrán que pasar años y aparecer nuevos personajes menos hiperventilados para volver a la cooperación inteligente. Es obvio que el Partido popular y también  el PSOE han gestionado de pena la cuestión catalana; lo dicen los votos; pero puestos a hacer la lista de principales responsables del desastre sospecho que hay muchos independistas copando los primeros puestos.