Otro “desastre sin paliativos”

En la historia de la Transición la expresión “desastre sin paliativos” ocupa un espacio que enmarca el punto final del régimen de Franco: la forzada dimisión del último presidente del gobierno nombrado por Franco, Carlos Arias Navarro. Tenía mandato en vigor y determinación para acabarlo al margen de lo que pensara aquel muchacho inexperto, Juan Carlos de Borbón, elegido por Franco para ocupar la jefatura del Estado con muchos poderes pero no tantos como para relevar al jefe del gobierno sin su consentimiento o sin un procedimiento complejo y arriesgado.

El Rey utilizó un procedimiento indirecto, calificó a su primer ministro de “desastre sin paliativos” en una declaración a un medio internacional Newswek que no debía atribuir la frase aunque su origen fuera inequívoco. Las contundentes palabras (tres) se publicaron a finales de abril, merecieron un desmentido oficial y la prohibición de que la revista circulara, pero sus efectos fueron los previstos. Treinta días después el jefe del gobierno acudió a una audiencia en Palacio para dimitir antes incluso de que el Rey se lo pidiera. Así se abrió la puerta al nombramiento de Adolfo Suárez y a la ley para la reforma política aprobada cinco meses más tarde. El caso no puede trasladarse a la fecha actual, pero hay elementos de semejanza. Arias Navarro no podía gestionar el cambio, ni consolidar lo anterior. El Rey lo sabía y movió ficha con acierto y éxito.

¿Se parece en algo Mariano Rajoy a Arias Navarro? En muy poco, pero sí en que a estas alturas el presidente del gobierno es un “desastre sin paliativo”, incapaz de pilotar el cambio que la sociedad española demanda y capaz de agravar los problemas que debería solucionar. El más evidente la cuestión catalana. No son pocos los votantes independentistas que explican su voto como rechazo a Rajoy y su política. Puede parecer infantil, poco racional, pero es real.

Mariano Rajoy y aquellos en los que ha confiado, no han entendido el problema catalán y lo han gestionado pésimamente estos últimos años y, más en concreto, estos últimos meses. Siempre a rastras de los acontecimientos  y con memorables equivocaciones de juicio. Po ejemplo la declaración torpe, innecesaria, presuntuosa… de Soraya Sáez de Santamaría (la comisionada por Rajoy para resolver el problema) anunciando que el PP había descabezado a los independentistas. Va a resultar que sin cabeza gozan de buena salud electoral, la que no tiene el PP descabezador.

No es probable que Rajoy y su comisionada lleguen a entender la cuestión catalana y por tanto es imposible que puedan solventarla, ni siquiera de forma provisional para ir tirando, para endosar la crisis al que venga más tarde. La debacle del PP en Cataluña, el peor resultado de su historia, sin grupo parlamentario, inhabilita de facto a los actuales dirigentes del PP para gobernar España. El viernes Rajoy quitó importancia al resultado del día anterior, flor de un día, vino a decir. Avala la tesis del “desastre sin paliativos”, aunque ahora nadie que no sean los ciudadanos en unas elecciones tenga autoridad para advertirlo co0n las consiguientes consecuencias prácticas.