El avatar belga de Puigdemont pierde suelo

Cuando Puigdemont, con sesgo romántico y aventurero, tomó las de Bruselas pensé que a enemigo que huye…puente de plata, que allí podía ser menos molesto que aquí. Algo parecido debe haber pensado el juez Llarena cuando ha suspendido la orden de detención y devolución. La jueza Lamela hizo lo habitual, investigado que huye requisitoria al canto para que responda ante la justicia. Una devolución que ha entrado en los trámites procesales con abogados de litigio decididos a minutar, a recurrir y a agotar instancias en espera de algún  tribunal favorable. Suspendida la petición de entrega del presunto delincuente a este le queda la condición de huido, con el agravante de que su asiento en el Parlamento puede quedar en el aire antes de la posible condena. Para renunciar a él primero tiene que aceptarlo y no parece posible renunciar para que le sustituya el siguiente sin antes asumir el cargo. Un buen  galimatías con pobre recorrido más allá de la propaganda. Los huidos saben, el auto del juez retirando la euroorden lo deja claro, que si vuelven a España tendrán que comparecer con el riesgo de una prisión preventiva para la que tienen muchas papeletas.

La estrategia independentista, muy comprada en los medios incluidos los españoles propensos a la fascinación ante delincuentes, heterodoxos y extravagantes, pasa por denunciar la democracia española calificándola de fallida, como la turca o peor. Una tesis que solo se puede sostener por ofuscación o perversidad, sospecho que más lo primero que lo segundo, entre otras razones por esa constante apelación a esa bondad que Junqueras se atribuye para sí y para sus compañeros de aventura. Gestes bondadosas, puede ser, pero un poco lerdos, sobre todo ante el pésimo desempeño del gobierno de la Generalitat duran te los dos últimos años.

Una ofuscación que evidencia a cada comparecencia la nueva líder Marta Rovira; ayer sin ir más lejos declaraba ante muchos micrófonos que España ha quedado aislada en el mundo. Recordé la imperial pretensión británica de que la niebla dejaba aislado el continente. Esa impresión es la que anida en la cabeza de los independentistas en su desdén por España y los españoles. En cualquier caso es su problema y ya deberían haber percibido que se trata de una tesis muy averiada a la vista de que los únicos apoyos al independentismo vienen de personas y grupos situado muy a la derecha, en la derecha más montaraz o en la izquierda antisistema.

El departamento de efectos especiales de Puigdemont tendrá que construir ahora otro relato, más de exilado voluntario, de turista accidental,  que de perseguido político. Pueden proponer que el personaje regrese en busca de una detención con esposas y guardia civil a la que se han referido en no pocas ocasiones, muy de película o teleserie, pero que nunca ha ocurrido ya que todos los investigados han llegado a los juzgados por su propio pie y voluntad, han depositado las fianzas que les han impuesto y han presentado los recursos que esta democracia (inmadura para ellos) les otorga, que no son pocos, ni poco garantistas.

El auto del juez señala que la estrategia independentista contemplaba la idea de que el estado (España) se rendiría en cuanto viera la presión de la calle. Una tesis que forma parte de la ofuscación. De hecho el procés se ha estrellado contra la sociedad catalana, la que retiró depósitos de los bancos y la que trasladó las empresas por prudencia y eficacia. Son los catalanes los que han desahuciado el procés. Qué irónica resulta la afirmación del delegado del Gobierno en la Generalitat que elogia la colaboración de Elsa Artali, la jefa de campaña de Puigdemont en vacaciones, para contribuir al buen funcionamiento de la administración catalana.

Cuando se disipe la bruma y se historien bien documentados estos días es muy probable que el juicio sobre el procés discurra más por la emoción estridente y sin fundamento que por la estrategia astuta que pretendía Artur Mas, una de las víctimas más evidentes de la aventura.