Artur Mas o la jactancia del perdedor

Zapatero y Mas

Jordi Évole sentó frente a frente y ante las cámaras a dos políticos amortizados, los expresidentes Zapatero y Mas, dos conocidos que han sido sujetos activos de la última desavenencia entre el nacionalismo catalán y España, la que ha recorrido este siglo XXI hasta el descalabro de estos días.

Zapatero imaginó que sería capaz de resolver el contencioso histórico catalán promoviendo una reforma del Estatuto, la que le propuso su compañero Maragall, más nacionalista que socialista. Para Maragall liderar la reforma estatutaria y, al mismo tiempo, mover la Constitución Española hacia un federalismo asimétrico que cediera una soberanía casi plena a Cataluña, significaba su misión histórica, desplazar a los nacionalistas de Pujol que desde 1980 hasta 2003 habían superado al socialismo catalán que aspiró a ganar y gobernar sin conseguirlo nunca.

Tuvo que llegar Artur Mas al liderazgo de Convergencia, por designio de la familia Pujol, para que Maragall acariciara su sueño presidencial. El año 2003 el PSC ganó en votos pero no en escaños, quedando al borde de la soñada victoria. Tanto Mas como Maragall se sintieron fracasados en ese momento y entraron en depresión. Fue el táctico Iceta el que armó una coalición por la izquierda con ERC y los herederos del PSUC (ICV) para desalojar al pujolismo y entregar la presidencia a Maragall, aunque fuera en un tripartito que favoreció, fundamentalmente, al socio independentista. Los socialistas catalanes gobernaron en coalición siete años, con Maragall y Montilla, para entrar en barrena sepultados al cuarto puesto en Cataluña, por debajo del 20% que suponía dejar sus votantes tradicionales a la mitad.

Artur Mas perdió las dos primeras elecciones a las que concurrió como líder para recuperar una mayoría insuficiente (62 escaños) el año 2010 que le permitieron gobernar con apoyos puntuales del PP; la aritmética del poder crea extraños compañeros de lecho. Artur Mas llegó a la política como joven profesional con más perfil tecnocrático que político, algo nacionalista y nada independentista. Concejal en la oposición a los treinta años, al tiempo que empleado de la Generalitat; desde 1995 (antes de cumplir 40) entró en la nomenclatura convergente con cargo y sueldo: veinte años en el Parlamento catalán, veinte años en el gobierno catalán y diez años al frente de Convergencia donde ha conseguido reducir a cenizas el partido que perdió el nombre, el patrimonio y la identidad para entregarse al independentismo como alternativa fatal para sobrevivir. Independentista porque Madrid no le dejó otra alternativa. Pero no lo suficiente para evitar que los aliados necesarios (las CUP) le mandaran a la papelera de la historia. Se entregó a ERC que le dejó en la estacada a la menor oportunidad.

Su trayectoria política es pródiga en decepciones y fracasos, revestidos siempre con la suficiencia del pretencioso. Acumula méritos para quedar segundo en un concurso de cenizos. El tono jactancioso y arrogante con el que argumentó frente a Zapatero ante las cámaras es buena prueba del disparate independentista, de su infantilismo e inconsistencia. Al menos admitió un error, haber puesto plazos a algo muy complejo. En resumen un perdedor con pretensiones. Eso sí, con sueldo vitalicio y coche chófer escolta y oficina gratis.

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