La baja calidad de la política catalana

Es deslizamiento del debate político catalán hacia los más bajos instintos se acentúa a medida que se acerca el 21 de diciembre. Se nota que los nervios de los dirigentes políticos están a flor de piel y a la vista de las últimas encuestas, contradictorias y confusas todavía, y que muchos temen sorpresas desagradables cuando se cuenten los votos. Los independentistas andan tanteando las teclas del relato para ensanchar su base electoral, por un lado apelan al victimismo (la represión, los presos, el franquismo…) pero temen que ese argumentario esté desgastado y solo sirva para convencer a los muy convencidos. Y con eso no van muy lejos. Los datos dicen que el voto a los partidos independentistas (los de siempre y los sobrevenidos) no crecen, incluso han retrocedido en lo que  va de década. El caso de la vieja Convergencia es el más patético, desde que Pujol cedió el liderazgo a Mas solo han retrocedido, se han quedado sin marca, sin nombre, sin patrimonio, sin identidad y cuando emerge la nueva generación, la que iba a encabezar el hijo de Pujol que estaba en la lista corta de líderes con futuro, tropiezan con un extraño como Puigdemont que está más cerca de ERC y de las CUP que de la lógica convergente.

Las insistentes y frecuentes declaraciones del Presidente desahuciado por el 155 son de una gratuidad e insolvencia inaceptables; la pretensión de descalificar la democracia española carece del mínimo rigor, roza lo ridículo aunque muchos medios le dan una audiencia inmerecida, quizá porque la extravagancia y la exageración interesan para ganar audiencia.

Hace ahora un año en un debate sobre Cataluña celebrado en Madrid un dirigente de Convergencia advertía a la audiencia que no entendía cómo se podía soportar la corrupción del PP. La primera pregunta inevitable que le dirigió, con extrema educación, uno de los asistentes fue: ¿cómo pueden ustedes soportar la corrupción en Cataluña? La respuesta discurrió por el cauce habitual, es que lo nuestro es distinto, y en Madrid tenéis que entender la diferencia. Detrás de la jactancia de ser distintos se esconde la presunción de “distintos… y mejores”, lo cual forma parte de la patología y del problema.

Años atrás, cuando empezó la transición y la democracia, en Barcelona se notaba un sentimiento de superioridad sobre Madrid, la capital mediterránea, europea, intelectual, creativa, avanzada contrastaba con la sociedad madrileña del secarral manchego, burocrática, estatista, retrasada y mediocre. Pocos años después las comparaciones entre Madrid y Barcelona muestran un claro sesgo en favor de la primera en cualquier ámbito de comparación. Quizá el único parecido es la baja calidad de los dirigentes políticos en ambas comunidades.

Los argumentos más frecuentes de la política catalana van de mediocres a ruines, de tramposos a insolventes. Barcelona ha perdido la Agencia Europea del Medicamento a pesar de gozar de condiciones objetivas muy favorables. Las explicaciones del fracaso esgrimidas por los independentistas  son asombrosas, ¿imaginaban que con la intentona secesionista que colocaba Cataluña y Barcelona fuera de la UE se podía aspirar que una Agencia se instalara en Barcelona? ¿Imaginaban que cuando miles de corporaciones y empresas privadas trasladan sus domicilios fuera de Cataluña era posible lograr la sede de la AEM?

Hay que tener poco juicio y sufrir una ofuscación total para no entender que la candidatura carecía de base sustancial. Las declaraciones de la alcaldesa de Barcelona ofenden la inteligencia del ciudadano medio. Pero si utilizan esos argumentos o son unos cínicos redomados o son estúpidos, o quizá unen ambas patologías. Aunque quizá es que temen que los ciudadanos se han dado cuenta del cuento y van a actuar en consecuencia el 21 de diciembre.