El “proces” está muerto, pero el independentismo sigue muy vivo

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Algunos catalanistas experimentados que conocen la historia advirtieron hace años que el maximalismo conducía a la frustración. No les hicieron el menor caso, ni los maximalistas ni los constitucionalistas que no prestaron la atención debida al problema catalán. Hoy el “proces” laboriosamente preparado durante años (si esta intentona empezó el 2006 –por culpa de Aznar- o el 2010 -por la sentencia del Constitucional- es poco relevante) lo que cuenta es que ha sido objeto de metódica y cuidadosa preparación, con una estrategia de marketing muy elaborada, con muchos recursos y con el concurso de instituciones oficiales y civiles. Poco se ha hecho a escondidas. La “construcción nacional” empezó desde que Pujol llegó al poder en 1981 con sucesivas mayorías absolutas, avanzó con el tripartito que encabezaron los socialistas entre 2003 y 2010 y aceleró con Artur Mas en la Presidencia azuzado por las movilizaciones ciudadanas contra el recorte del Estatuto y por la independencia.

Fue el gobierno de Artur Mas, especialmente tras la alianza con ERC, el que puso en marcha el “proces” para alcanzar la independencia de forma unilateral si el estado no ofrecía facilidades. Con el argumento tan atractivo como evanescente del “derecho a decidir” el preces fue ganado voluntades seducidas por señuelos tan falsos y tramposos como “el expolio al que España somete a Cataluña” o el desdén y el maltrato en la inversión pública, completados por la oferta de la utopía de una república catalana integrada en Europa, abrazado por la Unión Europea, capaz de acabar con los recortes, de elevar las pensiones, de ser ejemplo de paz y concordia… muchas mentiras o ensoñaciones repetidas machaconamente a una sociedad acrítica.

El proceso llegó hasta la antesala de la Utopía, hasta una Declaración Unilateral de Independencia que no llegó producirse, que solo fue un gesto simbólico de los patrocinadores que dejó pasmados a sus crédulos seguidores. La respuesta del Estado con la aplicación del artículo 155 de la Constitución descarriló el “proces” en unas horas hasta convencer a sus promotores de que “las uvas estaban verdes” que no era el momento de la cosecha.

Como apuntaba ayer Anton Costas en su artículo de la Vanguardia no estamos ante un punto y aparte del “proces”, ni tampoco ante un borrón y cuenta nueva, más bien un punto y aparte, un allanamiento ante la dificultad y un receso para recomponer las estrategias y volver a intentarlo. ¡Cuándo?, pues dependerá de la aritmética de las elecciones del 21 de diciembre, del nuevo gobierno, de la estrategia de los constitucionalistas y del ánimo de los catalanistas que pueden salir de la aventura más o menos independentistas según vayan valorando los resultados.

El “proces” ha muerto, lo reconocen sus promotores, pero a renglón seguido advierten “viva el proces” que se pondrá de nuevo en marcha cuando se den las condiciones objetivas.  La lectura que se hace en Cataluña y fuera de las actas d defunción del "proces" extendidas durante las últimas horas por los independentistas no coincide. La de estos supone una variación del relato anterior, sin ruptura del mismo, sostienen que no fue posible por dificultades sobrevenidas, imprevistas. Los otros estiman que han derrotado el “proces” y que esta aventura se acabó. Si se quedan en eso pronto tendrán que confrontarse con otro intento semejante; esta es una historia inacabable, que surgirá siempre que España muestre debilidad y decadencia.

El coste para Cataluña del fracasado “proces” va a ser elevado, una muesca en su crecimiento y prosperidad, que irá notando con el paso de los meses. Cuando el PIB de Madrid supere claramente el de Cataluña la irritación de los catalanes volverá a brotar con el tradicional victimismo que alienta al nacionalismo identitario y emocional.

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