Las CUP y Comunes o cómo la democracia tiene agujeros

Colau

Los nuevos partidos que eran extraparlamentarios antes del movimiento del 15M  han defendido como seña de identidad la democracia directa, la consulta a las bases, para adoptar decisiones estratégicas o trascendentes. A primera vista sonaba bien ese procedimiento, sobre todo a miradas inexpertas o novicias. El problema de la democracia directa es que el pueblo consultado suele tener pocas ganas de serlo, defiende su derecho a votar y a no votar, a pasar o a criticar sin implicarse.

De hecho las consultas a las bases se han caracterizado en casi todos los casos por bajísimas participaciones y resultados imprevisibles incluso con mucha preparación para la consulta. Las dos decisiones de este fin de semana de las CUP y de los llamados “comunes” (Ada Colau) para decidir si se presentan a las elecciones del 21D los primeros y si mantienen el pacto con el PSC los segundos, se adoptaron con participaciones de apenas unos miles de personas. Menos del 10% de las bases teóricas de vinculados, menos del 1% de los votantes en las elecciones en las que han participado.

Es evidente que los niveles de participación son mucho más bajos que en las elecciones clásicas de democracias representativas que otorgan márgenes mucho más amplios de decisión y responsabilidad a los elegidos, a los líderes, que el modelo de consulta a las bases en cuanto se plantean dilemas.

Es frecuente en estos tiempos líquidos que las apariencias oculten realidades, la apariencia de consultar a las bases pretende significar democracia más limpia y profunda, pero oculta la realidad de que los dirigentes políticos son responsables de la oferta a los electores y de la ejecución de esa oferta. Dar más margen y poder a los elegidos puede aparentar menos democracia pero la realidad dice que las bases no están por conducir los procesos, por suplantar las responsabilidades de los elegidos o conducir sus decisiones.

Más bien parece que los que consultan a las bases tratan de esconder sus preferencias, de no asumir el riesgo de tomar decisiones que pueden salir mal y por las que se les exigirán responsabilidad más tarde. Los dirigentes de las CUP que son varios, distintos, plurales y poco permanentes por propicios a la sustitución, han aprendido que estar en las instituciones les conviene, que les da visibilidad, recursos y, a la postre, poder. Pero lo suyo no es entrar en el sistema sino sustituirlo, derrocarlo. Así que les cuesta asumir el coste de que hay que entrar en el juego y optan por que lo impongan las bases, por hacer lo que les manden. En resumen, un disimulo.

Otro sí para el caso de los “comunes” de Ada Colau que confirma cada día que Borrell apuntó bien cuando calificó a la alcaldesa de Barcelona como  “emperatriz de la ambigüedad”, tan astuta como sostenía Artur Mas que hay que ser para gestionar el “proces” independentista. Colau ha demostrado un instinto y una habilidad excepcional para montar un partido nuevo a su imagen y semejanza con buenas expectativas de voto. Un partido en la izquierda para captar los votantes descontentos con los partidos tradicionales de la izquierda.

Mediante una consulta a las bases, poca base, Colau ha roto el pacto con los socialistas barceloneses para aproximarse al votante independentista descontento con los partidos tradicionales en ese ámbito que prometieron la independencia inmediata pero que se han quedado en una apariencia, la independencia simbólica con la que tratan de diluir la responsabilidad penal los miembros de la mesa del Parlament.

Democracia directa como excusa o estrategia para ocupar espacio electoral hasta alcanzar el poder. De momento la alcaldesa Colau ha conseguido con menos del 25% de votos y ediles ocupar el poder municipal en la segunda capital de España y la primera de Cataluña. Prodigioso, aunque puede servir al caso aquello de que no se puede engatusar a todos todo el tiempo.

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