Ni presos ni apaleados, sólo despedidos

Uno de los portavoces de los independentistas sediciosos, Lluís Corominas, político profesional, alcalde de su pueblo durante 12 años (tenía 29 cuando alcanzó el bastón) y luego otros 14 diputado en el Parlamento catalán, proclamaba delante de un micrófono el viernes, tras la patética votación, que esperaba ser detenido y apaleado por las fuerzas represoras del Estado (es decir de España). Han pasado unos días y Corominas sigue cobrando del Presupuesto y durmiendo en su casa, seguramente concurrirá a las próximas elecciones y como tiene posibilidades de buen puesto en la lista es muy probable que siga viviendo de la política tal y como viene haciendo desde hace un cuarto de siglo, amparado por esa Constitución española que detesta.

¿Qué tienen en la cabeza esta gente para situar entre sus expectativas inmediatas que van a ser detenidos y apaleados? Utilizar semejante argumento, con la mención a Franco para reforzar la imagen, a la hora de sostener sus aspiraciones dice algo de la insignificancia de las mismas. Resulta demasiado tramposo, solo cuela en cabezas poco ilustradas, por ejemplo la de ese ministro belga, nacionalista flamenco, que ofrece asilo a Puigdemont si se siente perseguido. Hay que estar chalado para sostener algo semejante entre países socios de la Unión Europea.

Durante las últimas seis semanas hemos vivido un arreón de los independentistas  que no siendo imprevisible tienen algo de asombroso en su desarrollo. Podía haber sido épico pero a lo largo de la última semana tuvo bastante de farsa y de comedia de enredo. Si por algo se han caracterizado la actuación de los independentistas estos últimos meses es por una mezcla de cobardía y de cálculo desacertado. Si sabían que la independencia era inalcanzable, ¿para qué crear semejante ilusión a unas gentes utilizadas como burladero?

Como les dijo Iceta en el Parlamento han conseguido la emergencia en Cataluña y en España de la mayor exhibición de banderas españolas y de patriotismo (que no es sinónimo de nacionalismo) de la historia. Nunca hubo tantas banderas en los balcones ni tantos sentimientos heridos.

Por la gracia del flemático Rajoy empieza ahora un período excepcional y vertiginoso de siete semanas, 51 días, a lo largo de las cuales los 5,5 millones de electores catalanes tendrán que dibujar un nuevo mapa político en Cataluña. Las encuestas de este fin de semana valen poco ya que faltaban acontecimientos decisivos cuando se hicieron y tampoco está claro quiénes van a pedir el voto, ya que hay que recomponer las coaliciones y los candidatos y quedan acontecimientos por ocurrir que pueden incidir decisivamente en la intención y la orientación del voto.

Queda por desplegarse la actuación judicial tras los hechos de estos días, con varios jueces en distintas instancias que tienen abiertas investigaciones que pueden tener consecuencias imprevisibles. Es probable que ante la campaña electoral las causas se ralenticen, pero no van a parar y, antes o después, tendrán desenlaces poco agradables para unos cuantos. También queda por saber cómo se va a desplegar la resistencia civil y pacífica que ha caracterizado buena parte de la estrategia de los independentistas. Esta pieza del drama empezará a representarse esta misma mañana en cada departamento de la administración, incluidas los institutos y las universidades tan movilizadas estas últimas semanas. Y otro si para los antisistema que prometen mambo y paelladas pero que temen que las urnas les lleven a perder buena parte de la influencia de la que han disfrutado los dos últimos años.

Vienen varias semanas emocionantes en las que vamos a ver situaciones inimaginables que abrirán un nuevo período parlamentario con otro mapa y reparto de fuerzas que volverá a producir no poco asombro. Porque la cuestión catalana va para largo.