La compleja aplicación del 155 a primer plano

La primera pregunta que a primera hora de la mañana del jueves hicieron los analistas de inversiones al Director Financiero del Banco Santander, que explicó los resultados del grupo del pasado trimestre, se refirió a la crisis catalana. Fue la primera pregunta y la única sobre ese tema. El banco no aprecia cambios “materiales” en su balance y resultados por la crisis catalana. Con los periodistas el Consejero Delegado del Santander señaló que la hipótesis de la independencia no está contemplada en los escenarios de riesgo del banco. La independencia no se alcanza con la mera proclamación voluntarista, requiere muchos otros requisitos que en estos momentos parecen inalcanzables, lo cual no quiere decir que no se vaya a emprender el viaje a la utopía, a una Ítaca prometida con más voluntad que razón y probabilidad.

La peripecia personal del president Puigdemont a lo largo del jueves 26 de mayo, desde la madrugada al anochecer, tiene mucho de patético y tendrá su breve nota en los libros de historia, probablemente una leve referencia a pie de página tal y como ocurrió con otros intentes equivalentes de principios del pasado siglo. El año 1931 y 1934 la República conjuró los dos intentos independentistas con severas decisiones del ejecutivo español, de la II República, incluida una actuación de fuerza del capitán general de la región ordenada por el Presidente del Gobierno republicano.

En la Europa del siglo XXI, de complejas soberanías compartidas de estados constitucionales y democráticos, el secesionismo catalán resulta extravagante y fuera del tiempo. La cuestión ahora es como va a gestionar el Gobierno Rajoy el desmontaje de la secesión y la desobediencia civil que la acompaña. Esa se convierte ahora en la tarea crítica del actual Gobierno, una responsabilidad que no figura entre las principales preocupaciones de los españoles, aunque sea una aspiración de una parte de la sociedad catalana.

Hoy tendríamos que centrar la atención en las declaraciones del Presidente del Banco Central Europeo sobre el desmontaje de las “facilidades financieras” para garantizar la liquidez y la recuperación económica; tendríamos que escribir sobre las perspectivas del empleo y el futuro del sistema de pensiones. Sin perder de vista el necesario acuerdo sobre la educación, los Presupuestos para el 2018, la reforma energética…

Pero va a ser Cataluña la asignatura troncal de los próximos meses, hasta la celebración de sendas elecciones en Cataluña y, luego, en España, de las que deberá salir un nuevo mapa político y parlamentario adecuado y capaz de recomponer el pacto constitucional, el pegamento social y territorial (al que suele aludir con acierto el profesor Antón Costas) con voluntad equivalente a la que hizo posible hace cuarenta años (ahora se cumplen el aniversario de los Pactos de la Moncloa, que fueron base y modelo para el consenso constitucional) dotar a la sociedad española del marco institucional que ha propiciado los mejores resultados de nuestra historia.

A Puigdemont le ha agobiado su futuro en su hábitat, en su entorno, más que cualquier otra consideración. La tarea de liderar la Generalitat estaba más allá de sus posibilidades y, finalmente, no ha dado la talla, le ha impresionado la calle y sus propios sentimientos. Cuando las gentes de las CUP aceptaron o impusieron a Puigdemont para presidir el Gobierno catalán sabían lo que hacían a la vista del resultado.