Cataluña en terreno pantanoso

La decisión del gobierno de activar el 155 de la Constitución nos aboca a una fase pantanosa, incierta y larga. Quizá no había otra alternativa pero los hechos consumados hasta hoy conducen a  un momento decisivo que ocurrirá no más allá de la primavera: las elecciones catalanas que constituyen el escenario más contundente del derecho a decidir de los catalanes, el que dibujará el mapa político y parlamentario más actual que deter4mninará el futuro inmediato de Cataluña y también el de España.

Unas elecciones que producen vértigo a todos cuantos van a ser protagonistas de las mismas porque habrá que componer un relato, una oferta, un proyecto para convencer a los electores sobre lo mejor para su futuro. Desde luego que no es lo mismo que el gobierno de la Generalitat esté bajo control de los secesionistas o que estos hayan sido desalojados de la cúpula por imperativo legal, pero en cualquier caso los electores van a disponer de suficientes elementos de juicio para decidir.

A lo largo de esta crisis reciente, desde el arreón de septiembre, se han producido daños evidentes en el entramado social que se venía gestando desde hace décadas. Frente a la hegemonía pública del discurso nacionalista/independista ha emergido la sociedad que no ve ventaja alguna en la independencia y cuyo sentimiento de pertenencia a España es tan fuerte o más que el catalán. Los independistas se sorprenden ahora de que encuentran respuesta en lo cotidiano, en el trabajo y en la familia, en el bar y en la calle.

Cuantificar el tamaño de esos dos colectivos en estos momentos no es sencillo; históricamente han sido en torno a un tercio de la población en cada lado que difícilmente cambiará de opinión en cualquier circunstancia. Queda el último tercio secante, los que hasta ahora no han apostado por la independencia pero que coyunturalmente, se están movilizando porque estiman que lo que ocurre les afecta y les afectará en sus intereses más inmediatos y más profundos.

Convencer y arrastrar a ese tercio indeciso va a ser la tarea más inmediata y urgente. Y luego vendrá la tarea de recoger los vidrios rotos, de recomponer relaciones y de abrir otro período de “conllevanza” (lo más probable), de confrontación (lo menos deseable), sin descartar la cooperación (pocas probabilidades) si surgen liderazgos  inteligentes y pragmáticos.

Los independentistas han contado demasiadas mentiras, durante demasiado tiempo como para que muchos ciudadanos les sigan el juego. Ya se nota tanto la mella en la economía catalana como la angustia de muchos ciudadanos que temen por el futuro, que empiezan a pensar que mejor lo que hay que las promesas inconsistentes. Cuando uno de los independentistas irredentos llama cerdos a los dirigentes europeos porque no le bailan el agua, buena parte de la ciudadanía que piensa y razona se pregunta ¿adónde nos lleva esta gente? Y muchos concluyen: “no era esto, no es esto lo que prometían”.

Pero para decidir hace falta poder ponderar ofertas y proyectos y desde el lado constitucional, demasiado vacilante, demasiado confundido, hace falta que se escuche una oferta con fundamento. Nadal, el mejor de los españoles, decía hace unos días: España es un gran país. Pues eso a acreditarlo, a convencer. Entramos en tierra ignota y pantanosa… para navegantes con carácter. El año 2018 habrá elecciones en Cataluña, y muy probablemente en España, de ellas deben salir los dirigentes capaces de alcanzar un acuerdo postconstitucional para otros cuarenta años.