Cataluña y el juego de la gallina

Jordi Turull (51 años) es portavoz del Gobierno catalán, militante desde la adolescencia en Convergencia ha calentado asientos en municipios, parlamento y otros cargos públicos. Licenciado en derecho y político profesional con intensa dedicación al aparato de partido, es la voz del independentismo oficial: con cara de palo y discurso tenso, reitera el argumentario secesionista sin apartarse un milímetro del guión. Sostiene, sin pestañear, que si las empresas se van de Cataluña es por la insoportable presión del Gobierno de Madrid, una gratuidad más de las que pueblan un discurso preñado de mentiras que se adapta a cada momento con asombrosa desvergüenza. Tanta que lleva a pensar que, quizá, se creen lo que dicen, lo cual puede ser más grave aún que el cinismo crónico

El mantra ahora se refiere al daño que puede hacer la crisis catalana a la sociedad española. A medida que la hipótesis remota, improbable, que la secesión gana alguna posibilidad crecen los temores de que la recuperación de la economía catalana y española pierda fuerza y su reputación se vea perjudicada. El argumento se esgrime como amenaza a la sociedad española para que se allane a la voluntad de los secesionistas.

En teoría de juegos a esto se llama el juego de la gallina, entendido como esos dos coches que caminan al choque a velocidad creciente, en el cual pierde la apuesta el que primero gira el volante o frena antes de irse por el precipicio. Los intelectuales de la separación empiezan a amenazar a los demás españoles con que si no se allanan todos van por el precipicio, ese que advirtió con regocijo un video de las CUP, porque entra está precipitarse al barranco y luego ¡¡¡mambo!!! Sala y Martin, economista del independentismo por sentimiento y emoción, advierte que vamos todos a la quiebra y que eso debe hacer pensar al Gobierno español. De manera que la quiebra catalana no le preocupa si conlleva la de España. Hace buena la tesis de que un nacionalismo convencido necesita un adversario con el confrontarse a muerte.

Antón Costa, un economista fino, preparado y positivo decía en su columna de ayer titulada “política sin economía” que “algunos independentistas tienen un sentimiento de superioridad cultural y económica respecto al resto de España. Sentimiento que está detrás de la arrogancia intelectual de pensar que se puede crear exnovo un Estado y hacerlo de forma unilateral. Es una ilusión un wishfull thinking que quizá esconda un sentimiento de decadencia y miedo al futuro” Me parece que da en el clavo, en la relación con no pocos independentistas se percibe un sentimiento de diferencia, “somos distintos” que esconde otro de superioridad, “somos mejores” pero que oculta, en el fondo todo lo contrario, un asombro inexplicable de que el resto de España vaya cada vez mejor y acortando diferencias. La ensoñación de la diferencia anida siempre en el nacionalismo y para consagrar la diferencia la tentación de la confrontación puede ser irresistible. En el juego de la gallina no gana nadie, todos pierden aunque uno bastante más que el otro.