Cataluña provoca el pacto constitucional

Mientras el Presidente del Gobierno catalán proclamaba sin proclamar la nueva república de Cataluña Rajoy tejía con el PSOE y Ciudadanos un nuevo pacto constitucional por la fuerza de la necesidad. Una consecuencia no buscada del golpe catalán contra la Constitución, uno de cuyos fundamentos estratégicos es la debilidad del gobierno. Así ocurrió en otros intentos producidos y fracasados durante los últimos cien años. Lo no calculado es que la debilidad empuja hacia pactos que parecían muy improbables pero que fortalecen lo débil.

Desde luego que el mapa de Pedro Sánchez no estaba entenderse con Rajoy antes de las próximas elecciones; para evitarlo dimitió, incluso abandonó el Parlamento con una coherencia que le honra y que le sirvió para volver a ganar la jefatura del partido. Su línea estratégica discurría por entenderse con Podemos y otros grupos, incluidos  los nacionalistas. Pero el salto de los independentistas catalanes han cambiado el tablero y, tras evidentes vacilaciones y gambeteos, Sánchez ha entendido que la Constitución y la unidad de España están por delante de la táctica y el posicionamiento electoral.

Rajoy ha tejido con mucha calma la complicidad con los socialistas para luego confrontar a los secesionistas. De manera que ayer compareció en el Congreso con un respaldo muy consistente, con dos tercios de la cámara. Para ello ha aceptado que hay que reformar la Constitución, que es la baza socialista de esta crisis.

Desde Podemos se ha notado el vértigo del cambio de alineación; las posibilidades tácticas para compartir objetivos con los socialistas se han desvanecido; han cambiado de amigos, se han colocado de lazarillos de los secesionistas por razones difíciles de comprender más allá de la famosa cena en Barcelona el pasado agosto con Jaume Roures y los dirigentes de ERC. La intensidad verbal que acredita el cabreo de Pablo Iglesias y de Irene Montero contra los socialistas durante las comparecencias de ayer  tiene algo que ver con el cambio de objetivos y de amigos.

Demonizan ahora el entendimiento de Rajoy, Sánchez y Rivera (triple alianza, la llaman) sobre todo porque les deja en un extremo irrelevante. Quizá por eso Iglesias introdujo en su discurso menciones a Suárez, a la patria, al diálogo (que es una de esas palabras mancilladas en este trance) con objeto de echar un ancla en la centralidad. Sospecho que no cuela y que en cuanto empiecen a conocerse las encuestas de intención de voto habrá un ejercicio de reflexión y revisión.

El otro elemento interesante de la jornada me parece que es el pavor que provoca el artículo 155 de la Constitución y el interés que muestran los independentistas por ir cuanto antes a prisión para relanzar el victimismo que es una de sus armas favoritas en la que han sustentado buena parte de su discurso durante décadas. Los directores de escena de los independentistas están felices por la atención internacional, por la presencia de cámaras y periodistas para seguir el caso; puede ser una baza, pero también una losa terrible si detectan el cartón piedra de la representación. La sesión del martes en Barcelona puede pinchar el globo de la emoción de los corresponsales con la pacífica revuelta de los catalanes.

Rajoy sigue barajando y ganando tiempo; incluso puede que le salga bien. Me parece que sus intervenciones ayer en el Congreso fueron las más brillantes, las más convincentes aunque estos son tiempos en los que casi nadie convence a nadie más allá de sus propias parroquias.