Del tumulto al hecho consumado... y ¿luego?

Durante los primeros compases de la transición, cuando la autonomía catalana era un objetivo y uno de los activos constitucionales, en círculos catalanistas decían: “ahora paciencia... luego independencia”. Los catalanistas independentistas han sido tan leales a esa aspiración como desleales con la democracia y la Constitución Española. Una deslealtad que es un dato histórico, que se repite cuando la debilidad o la tontuna del Gobierno español abren ventanas de oportunidad.

Los independentistas fueron desleales a la II República a la que traicionaron cuando más necesitaba de sustento (léase a Azaña); una deslealtad que no produjo ningún buen resultado ya que fracasó cuantas veces intentó su aventura. Fracasó con precio para el conjunto de España, además de para Cataluña. Si el (los) independentismo hubiera sido más leal a la República quizá el resultado de la guerra incivil hubiera sido distinto; quizá nos hubiéramos ahorrado todos cuarenta años de franquismo. De esa deslealtad los independentistas no han rendido cuentas y no han aprendido nada; su objetivo emocional está por encima de todo lo demás, incluida la razón.

Quizá eso explica la intensidad de las mentiras con las que construyen su relato; mentiras que no pueden ser fruto de ignorancia o de inocencia. Cuando Junqueras dice: “somos buena gente” con aspecto de mosén que no rompe un plato, habría que decirle que ojalá fuera cierto, que hay dudas y que debe acreditarlo, porque mentir no es de buena gente. Cuando Puigdemont dice ante las cámaras que obedece a la legalidad internacional, miente. No sé si es consciente, pero la ignorancia no excusa. No hay legalidad internacional en el pretendido y falsario “derecho a decidir” o la “autodeterminación”, ni en un referéndum ilegal y tramposo. Detrás de eso no hay fundamento democrático, ni búsqueda de libertades y prosperidad.

La estrategia independentista ha sido astuta (ya lo advirtió Artur Mas hace tres años cuando trampeó con la consulta inocente). De entonces acá, aupada por los errores tácticos y estratégicos de Rajoy y el PP, tan monumentales que les invalidan para las negociaciones futuras. Han calculado, con astucia, todos los pasos para llegar al 1 de octubre y desde el tumulto (que es lo que se proponen para el domingo) avanzar en la estrategia de hechos consumados para luego imponer sus objetivos como fatalidad. Los movimientos están calculados, medidos, programados con distintos escenarios... pero tienen un problema final ¿cómo sigue? Porque pueden incluso proclamar una presunta independencia, pero los pasos siguientes son mera jactancia, abismo. Ni reconocimiento internacional respetable, ni capacidad para gobernar, ni sometimiento del Estado desafiado. El mayor error de los independentistas está en su propio fundamento: imaginar que España es débil, despreciable e inferior. Buena parte del sustento del independentismo es que “son distintos”, es decir mejores. Un sentimiento tan peligroso como insostenible que lleva a excesos, abusos y al precipicio.

Dicen que están perseguidos, sometidos, bajo dictadura; incluso esos tontos (in)útiles que les secundan (la portavoz de Podemos en el Congreso de discurso fácil y rápido, imagina policías, balas de goma y mangueras de agua contra los disturbios) cuando la respuesta del Gobierno de España ha sido constitucional, legal y moderada, y mucho más tolerante de lo que, en un caso semejante, ocurriría en Francia, Italia, Alemania... y una lista completa de países donde el estado de derecho es piedra angular de la convivencia.

A estas alturas parece claro que lo que se busca el domingo no es un referéndum democrático sino un tumulto que justifique hechos consumados posteriores que imaginan irreversibles. Además esperan que el Estado democrático será débil, que se someterá, dialogará, indultará... Puede ser una equivocación dramática. El diálogo requiere lealtad, que hay que acreditar, sin mentiras, coacciones, ni imposiciones a la brava.