Felipe VI desperdició una oportunidad

Compareció el rey Felipe VI ante el Parlamento en sesión plenaria para conmemorar los 40 años de las primeras elecciones democráticas y constituyentes. Pronunció un discurso corto, bien redactado y mejor leído, que hace un relato sintético pero preciso de la Transición a la democracia con sus tres pronunciamientos populares decisivos: el referéndum de la ley de reforma política en diciembre de 1976, las elecciones del 15 de junio de 1977 y el referéndum sobre la Constitución de 1978. Tres momentos estelares, solemnes, en los que se expresó abrumadoramente la voluntad del pueblo, la soberanía  nacional.

El Rey ensalzó el valor de la concordia y del respeto a la ley. Quizá el mejor párrafo del discurso es el que se refiere al espíritu que guió a los constituyentes: “Nadie en España debía volver a ser enemigo de nadie; la exclusión y la imposición, la intolerancia y la discordia debían ser sustituidas por la renuncia al dogmatismo y la defensa de las propias convicciones con pleno respeto al adversario y hacia las opiniones ajenas o diferentes... el gran proyecto de reconciliación nacional, el gran propósito nacional de unir las dos Españas que helaban el corazón de Machado. Ciudadanos de distinta procedencia, ideas, origen y condición social se reencontraron, se tendieron la mano y se fundieron en un gran abrazo, sin rencor y sin odio, para mirar el futuro y no el pasado”

El diagnóstico me parece impecable, justo y ejemplar. Eso fue lo que ocurrió durante aquellos años o meses que transformaron España. Pero eso es historia y del Rey hay que esperar que comprenda y explique bien esa historia, pero también que haga la proyección al futuro. Cabe esperar que acierte a exponer los problemas actuales y a proponer objetivos, y metas que necesariamente tendrían que pasar por la senda señalada en el párrafo anterior, que hoy no se corresponde con la realidad.

El Rey no puede entrar en política partidista, ni meterse en el debate cotidiano, su función está más allá, pero no puede ser neutral ni abstracta. No tiene poderes pero si responsabilidades, entre ellas ser útil a la convivencia y al progreso, ejercer de símbolo efectivo de la soberanía nacional y popular.

El Rey no puede, no debe, rehuir el futuro, renunciar a apuntar objetivos de largo plazo, aspiraciones. No debería dejar de lado palabras como empleo, limpieza, igualdad, sinceridad... y a eso solo dedicó las cuatro líneas finales de su intervención con el lenguaje ambiguo de los burócratas que no se mojan y escriben: “con esas mismas actitudes y sentimientos, 40 años después, la Corona reafirma aquí, ante los legítimos representantes de la soberanía nacional, su compromiso irrevocable con la democracia, con el entendimiento de todos los españoles y con su convivencia en libertad”.

Es como no decir nada, D Felipe puede llegar más lejos, debe llegar más lejos en la actual coyuntura política, tan alejada de los sentimientos y actitudes que hicieron posible la Transición. El Rey tendrá que añadir un plus de legitimidad por la utilidad del ejercicio de su función, que exige asumir algunos riesgos, evitar esa ambigüedad vestida de neutralidad que conduce a la nada. Un buen discurso al que le faltó un folio, el Rey desperdició una oportunidad.