El hilo que va de Amedo a Perote, Paesa y Villarejo

Alguno (Paesa) ya ha merecido una película bastante ilustrativa. Los otros podrían merecerla. El  último, José (Pepe) Villarejo ofreció su relato para Jordi Évole en “La Sexta” que resultó poco creíble por el fondo y por la forma. La pieza seleccionada por Évole para  completar casi una hora de programa (grabó más de cinco horas) proporciona una retahíla la nombres y de sucesos, todos ellos conocidos y relatados en los medios en su momento, que amontonados en un solo programa resultan abrumadores, deprimentes.

Villarejo, Pepe para sus conocidos, pretende ser un servidor del Estado de los decididos, de los que cuando recibe un encargo le ejecuta sin reparar en medios y procedimientos, que incluso se anticipa a los encargos. La autobiografía, el currículum que presenta el tipo, es alucinante, dice haber estado en todos los asuntos críticos de los últimos cuarenta años y no está claro en qué bando, aunque siempre en la conspiración. Probablemente en varios bandos porque pertenece a la especie de pluriempleado que son funcionarios por la mañana (policía de investigación) al servicio del Estado y trabajadores por cuenta propia y ajena por la tarde, al servicio de otros intereses y casi siempre contra el Estado. Todo ello mezclado y revuelto, siempre en eso que llamamos “barrillo”.

Villarejo se mezcla con jueces, fiscales, periodistas, intermediarios varios  (Javier de la Rosa, Mario Conde, Javier López Madrid…)  para obtener información para componer tramas de intereses e influencias, para chantajear,  presionar e influir. Entre lo más llamativo del trabajo de Évole está el respeto con el que personajes como Baltasar Garzón fijan su posición ante Villarejo: “un buen policía”, con el que hablo con frecuencia. ¿Se puede llegar a semejante conclusión con el autorretrato de Villarejo?

Entre lo más llamativo del caso es que haya sido la denuncia de un doctora aterrorizada la que ha sacado a Villarejo de esas cloacas policiales por la que discurrido durante los últimos cuarenta años. ¿Qué teme Villarejo? ¿Cómo es que necesite ahora exhibir tantas relaciones y servicios a tantos personajes? ¿Tan desesperado está como para arremeter contra sus perseguidores con munición tan escasa?

Los seis folios de la denuncia presentada hace un mes por Villarejo ante el Juzgado Central de Instrucción de la Audiencia Nacional, que ya le ha devuelto como no admisibles, revelan la desesperación de comisario jubilado que emerge de las sombras con objetivos no confesados, que estarán más allá de la mera exhibición de poder.

Llama la atención que el hilo de policías de campo, de espías y asimilados, vaya de Amedo a Perote, Paesa y finalmente Villarejo. Si esos son los activos de la inteligencia española vamos apañados. Todos ellos se han acreditado como personajes nada fiables, peligrosos por su capacidad para enredar y romper. Amedo fue decisivo para mandar a la cárcel a un ministro y un secretario de Estado, Perote despeñó a un Vicepresidente, varios ministros y la credibilidad que le quedaba al último gobierno de Felipe Gonzalez, tampoco hay que perder de vista los trabajos de Paesa para ese mismo gobierno.  ¿Qué víctimas va a producir Villarejo?

Va siendo hora de que algún gobierno ponga orden en las cloacas, distinga  a policías y espías con fundamento y evite los “Otilio y gotera”, personajes de las sombras  decididos a brillar con luz propia por sus enredos. Los hilos que van de Amedo a Perote, de Paesa a Villarejo son deprimentes, propios de un Estado y unos gobiernos de avería.