El amago de reforma fiscal de Trump

Estados Unidos necesita una reforma fiscal a fondo (también España) porque el sistema está tan recauchutado, tras los sucesivos apaños durante medio siglo, con sesgos distintos en función de las preferencias de cada administración. Los republicanos han tendido a reducir los impuestos a los ricos sin demasiadas consideraciones por sus efectos en el déficit, y los demócratas han propiciado descensos en favor de las clases medias, también sin demasiadas preocupaciones por el déficit.

El resultado final es un sistema fiscal bastante complejo, sobrado de excepciones logradas por los distintos grupos de presión, que está sometido, además, al modelo federal norteamericano que otorga mucho poder a los Estados. Sin olvidar que los ayuntamientos también tienen competencias sociales y capacidad recaudatoria.

Trump llevaba en su programa un plan de reforma fiscal con reducción de impuestos, y más en concreto de los tipos impositivos más altos (con merma de la progresividad) tanto para personas físicas como empresas. Las promesas se concretaron esta semana con una declaración de intenciones expresada en términos muy elementales, globales, que no son nada más que un amago de reforma, líneas básicas para preparar la reforma. No es poco, pero puede no ser nada.

Con el modelo institucional norteamericano el plan fiscal de Trump puede que llegue pronto al Capitolio, incluso con un redactado de bases, pero de eso a un proyecto de reforma verosímil hay mucho trecho. Las dos cámaras legislativas tienen mucha tarea por delante hasta aprobar un modelo fiscal que merezca el nombre de “reforma Trump”, que trascenderá las intenciones del Presidente y tendrá que incorporar los nombres propios de algunos senadores o congresistas que sean protagonistas relevantes de la reforma.

Para empezar un buen porcentaje (no mayoritario, pero influyente) de congresistas y senadores han jurado que no aprobarán ninguna ley que aumente la carga fiscal. Y otra parte está decidida a incrementar la progresividad de los impuestos personales. Con respecto a la fiscalidad de los beneficios empresariales Trump está decidido a una reducción drástica, del 35 al 15% en el tipo de sociedades; pero se trata de algo declarativo ya que de los tipos oficiales a los reales hay mucho trecho por los juegos de deducciones y desgravaciones que pueden, en ocasiones, reducir la fiscalidad empresarial a cero.

Anunciar una reforma como ha hecho Trump es mera propaganda, abrir el debate con una primera ronda que incluye los tópicos habituales, entre ellos la monserga de que a menores tipos más ingresos. Una opinión que los hechos no avalan. Esta reforma, como cualquier otra, estará condicionada por la evolución de la economía, con crecimiento en torno al 2% los márgenes de reducción de la recaudación son muy estrechos, sobre todo cuando los niveles de deuda acumulada son altos y el ahorro interno modesto. Trump sigue instalado en las palabras y los gestos, pero apenas han pasado cien días desde que tomó el mando.