La era de los bocazas

Allá por septiembre de 2010 Mario Vargas Llosa escribió un artículo titulado “La era del bufón” a cuenta de un pastor protestante, Terry Jones, de una pequeña Iglesia en Florida, que para conmemorar el atentado terrorista del 11S pretendía quemar, en la puerta de su parroquia, ejemplares del Corán. El pastor se convirtió a personaje universal, portada de todos los medios; musulmanes enfurecidos se manifestaron en varias ciudades y el jefe de la OTAN en Afganistán invitó al pastor a deponer su pretensión para evitar peligros adicionales a sus tropas. El pastor renunció y la historia se archivó, pero durante varios días fue un acontecimiento mundial. Los medios compraron el espectáculo y desplazaron las cámaras a la parroquia de Jones. Vargas Llosa señalaba en su artículo que los medios “para prosperar y tener derecho a la existencia, ahora, no deben dar noticias sino ofrecer espectáculos, y detrás de ellos se desbaratan las fronteras entre la verdad y la mentira”.

No han cambiado mucho las cosas, “La era del bufón” es un titular brillante y descriptivo, al que ahora podemos añadir otro semejante y adicional: “La era de los bocazas”, que según el diccionario son gentes que hablan más de lo que aconseja la discreción. Hablar sin tino es el preámbulo para dar espectáculo y que las redes sociales y los medios lo multipliquen. Los “bocazas” ponen en circulación bulos, ocurrencias, tópicos que suenan bien, que son creíbles para gentes que buscan emociones a ningún precio.

Hay “bocazas” en el Parlamento, entre los que se suben a la tribuna en busca de su minuto de gloria, que exige palabras gruesas, hacer el “bocazas”. A esa tropa pertenece también Piqué, un buen defensa central que entusiasma a los forofos por su determinación para descalificar al adversario. También esos tuiteros que se envuelven en la libertad de expresión para ejercer de humoristas (malos) o provocadores de baja estofa.

He recibido mensajes de personas normales con la leyenda “Yo soy Casandra”, que rememora el “Je suis Charlie” que triunfó tras el atentado contra el semanario francés. No faltaron los que sin dejar de condenar el atentado añadieron “pero, no soy Charlie”. La libertad de expresión es un artefacto delicado que tiene límites, que se estrechan cuando la libertad se convierta en excusa para el abuso y la frivolidad. Bocazas son Mas u Homs que cuando predican que han sido condenados por demócratas, por sacar las urnas a la calle; falso, están condenado por desobedientes, por quebrantar una sentencia a conciencia, aunque ante los jueces disimularon esa conciencia.

La era de los bocazas conspira directamente contra el buen juicio y también contra la libertad que sala malbaratada de ese viaje. ¡“Cuántos crímenes en tu nombre... libertad”! advirtió madame Roland poco antes de colocar el cuello en la guillotina. Ahora no se trata de guillotinas ni equivalentes pero si de embarrar la realidad, emborronar, enredar, confundir, frivolizar y perder el tiempo, todo ello para llamar la atención, para dar espacio al espectáculo, al bufón y al bocazas. Los bocazas confunden realidad y ficción, verdad y mentira, hechos con opiniones. Son peligrosos para la convivencia y el progreso.