El caso Tráfico, síndrome de democracia de avería

La democracia española es sólida, aunque deficiente, sufre diversas averías que tienen que ver con la corrupción y con una excesiva politización de las instituciones. Los partidos ocupan más espacio del que les corresponde en un sistema con división de poderes efectivo y con pesos y contrapesos que limiten el poder. Hay que restar espacio a los partidos, que no sean los que, de hecho, determinen las listas electorales y provean los nombres de altos cargos de la administración pública, de la justicia y de los órganos reguladores. Sin el visto bueno del partido y todo lo que hace falta para lograrlo, no es fácil alcanzar un puesto. Incluso los funcionarios de carrera saben que para progresar es bueno afiliarse o mostrar simpatía hacia algún partido. Todo lo anterior es de sobra conocido y ha sido denunciado con reiteración, pero se ha hecho poco por rectificar, prevenir o evitar esas anomalías.

Estos días tenemos un caso práctico evidente. El del director general de Tráfico, Gregorio Serrano, un sevillano de 50 años que aterriza en Madrid de la mano de su mentor, el ministro del Interior. El señor Serrano será una excelente persona, buen padre de familia, diligente profesor de derecho tributario… pero sus méritos para ocupar Tráfico son dos: la amistad y confianza del ministro, del que ha sido colaborador muy cercano en el Ayuntamiento de Sevilla, y su militancia en el PP. Ambas no son condiciones ni suficientes ni necesarias para ocupar un cargo que tiene requerimientos de conocimiento y experiencia.

En materia de Tráfico en señor Serrano carece de experiencia y de conocimientos. En la lista más extensa de personas con capacidad e idoneidad para el cargo no es fácil que aparezca el señor Serrano en un puesto significativo, quizá en ningún puesto. Que el ministro coloque a una persona de su confianza tiene sentido, pero no es suficiente; puede ser incluso una forma de corrupción que hoy no se entiende como tal pero que tiene que mucho que ver con el amiguismo clientelar y poco con la eficiencia.

La “idoneidad” es una condición necesaria para que la democracia funcione, especialmente en el ámbito de la gestión pública que cada día es más exigente y requiere más preparación. La dirección de Tráfico no es un puesto político, ni es un cargo para repartir entre la militancia adicta y agradecida. Con el sistema clientelar se sientan las bases para posteriores abusos o errores.

Al señor Serrano, venido desde Sevilla donde está su domicilio habitual, el ministerio le quiere proveer de residencia provisional, lo cual puede ser razonable, pero cumplimentando los requisitos, sin forzar el expediente. Y como el personal anda muy atento para denunciar cualquier irregularidad al director de tráfico, al ministerio del interior y al gobierno le ha estallado un incendio imprevisto que no fue capaz de evitar o sofocar antes de que las llamas llegaran a los telediarios. Ahora hay que dar marcha atrás, negar la mayor, abordar el problema de las residencias de los guardias civiles en las casas cuartel, y aguantar las arremetidas de la oposición, sobradas de hipocresía, pero que son banderillas para el gobierno cuando está más necesitado de apoyo y cariño.

El problema está al principio, en el clientelismo, en la idoneidad, en la democracia de avería. La militancia partidista no puede ser el pasaporte para un empleo público.