Un Brexit “limpio”, ¡menudo eslogan!

El “derecho a decidir” es un eslogan imbatible, ¿quién no quiere decidir?, se explica que la inmensa mayoría de los catalanes, y de los gallegos, españoles, búlgaros… si les preguntan si quieren decidir responderán que sí, que quieren decidir. Lograr eslóganes claros, blancos, amables es un arte y una ventaja para el político que lo consigue. Las propuestas que requieren explicaciones, notas a pie de página, matices y dilemas confunde y produce recelo. El eslogan rotundo, el brochazo (aunque sea más falso que los duros de madera) es que gana.

La premier británica ha empezado a trabajar fino en el Brexit, un asunto sobre el que su posición inicial era ambigua y escéptica, pero la realidad es que ha llegado donde nunca imaginó, al 10 de Downing Street, por el Brexit que tumbó a su jefe político, al señor Cameron que metido a aprendiz de brujo acabó como el alguacil alguacilado. Trump le hubiera dicho en su reality: “Despedido”.

La señora May ha ido tomando la temperatura ambiente durante los primeros meses de mandato para definir una estrategia de negociación con la Unión Europea que, en este momento, es el principal problema de los británicos a los que se ha prometido que la salida les trae cuenta por los beneficios que reportará, de inmediato.

Como primer paso de esa estrategia está la firmeza que pasa por decir a sus votantes: “tenemos razón”, nuestra pretensión es hacer una salida “limpia”, y además sugiere que sea “amistosa”. Me parece obvio que es otra mentira y gorda de las muchas que han rodeado este asunto del divorcio con los socios y amigos del continente.

El mensaje de May trata de colocarse en el mejor sitio de la mesa utilizando las palabras más amables, aunque disten de la realidad. Una salida “limpia” es como no decir nada, lo cual da una mala señal. Los divorcios difícilmente son amistosos, primero porque son el efecto de decepciones y después porque los repartos siempre merman y fuerzan mayores gastos.

El divorcio europeo va a tener costes para ambas partes, para los británicos y también para los europeos. Por eso mismo no es previsible que estos últimos, que no quieren el divorcio, vayan alegres y sumisos a la negociación. La primera ministra trató en su discurso de esconder los problemas y enseñar las ventajas. Pero utilizó el funambulismo, sostener que los extranjeros serán bien tratados cuando el objetivo esencial es cerrar fronteras encierra contradicciones que la cuelan. Sostener que con plena soberanía los británicos vivirán mejor y al mismo tiempo proponer acuerdos comerciales a diestro y siniestro (que siempre merman soberanía, por su propia naturaleza).

La propuesta de May ha huido del histórico “sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas” de Churchill para proponer días de vino y rosas. Ella debe saber que no será así, que la negociación será dura, complicada y con abundancia de restas, de retrocesos al bienestar, aunque las palabras bonitas pueden aparentar que se mitiga el coste. Un Brexit “limpio” es una mentira más de las muchas con las que nos tratan de confundir.