El futuro de Obama, ¿líder de la oposición?

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A Obama le quedan horas como líder de los Estados Unidos y ha decidido no desperdiciarlas, quiere sostener su legado y limitar el margen de maniobra de su sucesor que llega decidido a dar una patada al tablero político norteamericano, incluidos consensos trasversales de demócratas y republicanos como lo que se refiere a las relaciones con México, la única frontera sensible de los Estados Unidos, con Europa, los aliados tradicionales, e incluso con China, el nuevo líder mundial emergente con el los EEUU parecían llamados a constituir una especie de G2 a modo de recurso de última instancia en la arquitectura mundial.

La costumbre norteamericana es que los Presidentes salientes se convierten en jarrones chinos para adornar la institución republicana, para cuidar su memorial en el que dar testimonio de sus actos, no estorbar y cumplir alguna función representativa cuando se la encomienden. Clinton quiso llegar más lejos con su Fundación que ha abordado programas de desarrollo interesantes para terceros países, especialmente el continente africano, pero los otros expresidentes han asumido un papel silente e intrascendente.

Obama es demasiado joven y la historia y la coyuntura le colocan ante un panorama singular, histórico. Para defender su legado tendrá que asumir un papel proactivo en la política norteamericana y la mundial, aunque sin apenas poder real. Obama aparece hoy como el único líder demócrata con autoridad y con discurso, con una visión amplia de los problemas locales y globales. Pero carece de voz en el Capitolio, que es donde se cocina la política.

Los Clinton han quedado abrasados por la campaña y el partido demócrata no ha generado otros líderes, ni siquiera con potencial para construir alternativa. Un mandato de Hillary hubiera posibilitado un futuro pacífico a Obama y la oportunidad para detectar nuevos liderazgos. La llegada de Trump a la presidencia está preñada de incertidumbres y ambigüedades, es un personaje imprevisible y temperamental que puede incurrir en excentricidades o arrebatos. Todo lo contrario que Obama, probablemente el presidente más reflexivo y analítico de la historia de los Estados Unidos.

No hay que descartar, aunque las probabilidades son escasas, que Trump se centre y protagonice una presidencia de éxito; que sea capaz de introducir los cambios que la avejentada democracia norteamericana necesita, aunque no es probable. El contrapeso que supone el Capitolio frente a la Casa Blanca siempre es poderoso, pero con los demócratas descabezados y debilitados y los republicanos en estado de confusión el poder de “la colina” no será capaz de contener el despliegue de energía y las decisiones de este presidente, al menos durante los primeros compases del mandato. Por todo ello el papel de Obama puede ser relevante como autoridad moral no solo entre los demócratas.

Iniciamos un año y una etapa con riesgos nuevos, y con expectativas demasiado abiertas e inquietantes. El presidente saliente no podrá ser otro jarrón chino que adorne los actos de Estado, tendrá que asumir compromisos, por su propio interés.

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