De Plaza España a Castellana Norte

El debate municipal madrileño de las navidades gira en torno a la peatonalización de la Gran Vía, una decisión polémica pero clásica: los primeros debates en ese sentido empezaron hace casi cincuenta años cuando un ayuntamiento franquista cerró al tráfico las calles más comerciales de Madrid: Carmen y Preciados. La catarata de críticas fue abrumadora, pero sospecho que si hoy alguien propone abrir al tráfico las dos calles no ganaría una sola voz a favor. Otro tanto para la Vaguada y su inicialmente polémico centro comercial. ¿Alguien propondría hoy su cierre?

Los asuntos municipales son de largo recorrido, requieren audacia y visión. Los primeros gobiernos socialistas de Madrid carecieron de visión, imaginaron que la ciudad no iba a crecer y aprobaron un Plan General enano. No funcionó y generó luego problemas de especulación y de encarecimiento que pudieron haberse evitado. El llamado Plan Felipe de Cercanías fue visionario y positivo y las obras de Gallardón con el paso de los años ganan en aprobación.

El nuevo Ayuntamiento encabezado por Carmena tiene ideas propias y, a veces, ocurrencias. Recela de lo anterior y del crecimiento, tiene otros intereses y prioridades muy poco visionarios. Dos asuntos están sobre la mesa y su desenlace será decisivo para curar algunas de las llagas de la ciudad.

El más importante se refiere a la prolongación de la Castellana y la conexión de los barrios al este y oeste de ese eje. Desde el aire se ve la herida de la ciudad en torno a la estación de Chamartín. El proyecto que hay sobre la mesa requiere el acuerdo de Fomento, Comunidad de Madrid y Ayuntamiento para endosar los riesgos al sector privado (sin cláusula de responsabilidad patrimonial del Estado) que se propone inversiones extraordinarias para regenerar esa zona (tres millones de metros cuadrados) y crear un distrito financiero. Jibarizar el proyecto puede ser una tentación preñada de prudencia y de antipatía al riesgo y la inversión. Pero Madrid es una ciudad con enrome vitalidad que se ha trasformado en pocas décadas de una villa seca en el centro de la península en una de las ciudades más intensas de Europa.

Otro problema menor pero interesante es el de la Plaza España y el edificio con ese nombre. La Plaza es otra de las llagas de Madrid, un gran espacio desperdiciado que rompe el ritmo urbano entre la Gran Vía y Princesa-Arguelles. El Ayuntamiento se juega bastante con ese problema, su lo resuelve bien y genera una zona urbana interesante ganará puntos, si fracasa acreditará su incompetencia.

Más complicado es el caso del edificio España, la espantada del inversor chino es una mala noticia. No han sabido gestionar la presencia de un inversor con recursos y ganas de hacer cosas. Su sustituto murciano es cuando menos inquietante. Ya llevamos tres anuncios de compra del inmueble cuando los contratos firmados no pasan de ser lo más parecido a un contrato de arras, en espera de que aparezca el dinero. Algún titular especula con lo que va a ganar el nuevo comprador (va a doblar el valor del inmueble, dicen) sin tener en cuenta que las obras que debe abordar también cuestan.

Hay un viejo principio comercial que dice que las ventas se perfeccionan con el cobro, mientras no hay cobro ni hay venta. Pues bien en el edificio España no ha habido cobro, luego no hay venta. Perder al chino fue un mal paso, y el nuevo pretendiente merece vigilancia estrecha, mucha verificación, aunque solo sea por los precedentes.